🌅 VOLVER A LA FUENTE DE LA VIDA
Pensamientos sabáticos para la quietud, la renovación y el encuentro con Dios
🌿 3.Serie: Encuentros con Jesús
💧 3.3 La mujer junto al pozo de Jacob
«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: Dame de beber, tú le pedirías, y él te daría agua viva».
(Juan 4:10)
🕊️ Una historia: un encuentro bajo el calor del mediodía
Jesús viajaba con sus discípulos desde Judea hasta Galilea y, durante el recorrido, atravesó Samaria. Esta descripción del camino ya es significativa, porque entre judíos y samaritanos existía desde hacía siglos una profunda tensión religiosa y social. Ambos grupos se remitían a la historia de Israel y adoraban al Dios de sus antepasados, pero se encontraban separados por diferentes santuarios, tradiciones religiosas y prejuicios mutuos. Muchos judíos evitaban en lo posible un trato cercano con los samaritanos, y también entre los samaritanos existía una profunda desconfianza hacia los judíos.
Jesús no permitió que esas barreras determinaran su comportamiento. Cerca del mediodía llegó a los alrededores de la ciudad samaritana de Sicar, donde se encontraba el antiguo pozo de Jacob. El viaje lo había agotado, y Juan lo presenta en una situación notablemente humana: Jesús estaba cansado por el largo camino y se sentó junto al pozo, mientras sus discípulos entraban en la ciudad para comprar alimentos.
Era aproximadamente la hora sexta, es decir, el caluroso mediodía, cuando una mujer samaritana llegó al pozo con su cántaro. Habitualmente, el agua se recogía por la mañana o al atardecer, cuando las temperaturas eran más agradables y varias mujeres acudían juntas al pozo. Juan no explica expresamente por qué esta mujer llegó sola precisamente durante las horas de mayor calor. Sin embargo, su conversación posterior con Jesús permite reconocer que la historia de su vida era complicada y que posiblemente conocía el rechazo social. Quizá había escogido deliberadamente una hora del día en la que apenas encontraría a otras personas.
Cuando llegó al pozo, probablemente no esperaba que sucediera nada extraordinario. Quería recoger agua y regresar después a la ciudad. Seguramente, el hombre judío que estaba sentado allí la ignoraría, como tantas otras personas. Sin embargo, antes de que pudiera continuar con su rutina habitual, Jesús le habló: «Dame de beber».
Esta sencilla petición la sorprendió. Un hombre judío pedía agua a una mujer samaritana y estaba dispuesto a beber de su recipiente. Jesús traspasó conscientemente una barrera que ambas sociedades habían llegado a considerar natural. Sin embargo, no comenzó la conversación con una enseñanza acerca de los prejuicios ni con una acusación contra su forma de vida. Le pidió algo que ella podía ofrecerle.
La mujer reaccionó sorprendida: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana?». Conocía la distancia existente entre sus pueblos y sabía cuán extraordinario era aquel encuentro. Pero Jesús llevó inmediatamente la conversación más allá de esa barrera y dijo: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: Dame de beber, tú le pedirías, y él te daría agua viva» (Juan 4:10).
Con ello, la situación cambió por completo. Poco antes, Jesús había sido el viajero sediento que pedía agua. Ahora explicaba a la mujer que, en realidad, era ella quien necesitaba recibir algo de él.
🌿 Una sed que llega mucho más profundo
Al principio, la mujer comprendió las palabras de Jesús de manera completamente práctica. Delante de ella había un pozo profundo, pero Jesús no tenía ningún recipiente ni cuerda con la cual sacar agua. Por eso le preguntó de dónde obtendría aquella agua viva y si acaso era mayor que Jacob, su antepasado, quien les había dejado el pozo.
Jesús respondió distinguiendo entre dos clases de agua: «Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás» (Juan 4:13–14). El agua del pozo de Jacob era necesaria y buena, pero su efecto era temporal. Quien bebía hoy tenía que regresar al día siguiente. En cambio, el agua de la que hablaba Jesús se convertiría dentro de la persona en «una fuente de agua que brota para vida eterna».
Mediante esta imagen, Jesús condujo a la mujer desde su necesidad física hacia una realidad más profunda. Todos conocemos necesidades que vuelven a presentarse con regularidad. Necesitamos alimento, agua, descanso y cercanía humana. Sin embargo, también existe un anhelo que no puede satisfacerse simplemente mediante cosas exteriores. El ser humano desea ser amado, aceptado y comprendido. Busca seguridad, sentido, paz y una esperanza capaz de sostenerlo incluso cuando se derrumban sus seguridades exteriores.
Muchas cosas pueden ocultar temporalmente esta sed interior. El éxito puede transmitirnos la sensación de ser valiosos. Las posesiones pueden prometer seguridad. Las relaciones pueden ofrecernos cercanía, el reconocimiento puede confirmar que somos vistos y una ocupación constante puede impedir que percibamos siquiera nuestro vacío interior. Pero todas estas cosas tienen límites. Ninguna persona puede proporcionar a otra todo lo que su alma necesita, y ningún logro exterior puede sustituir la comunión con Dios.
En ese momento, la mujer junto al pozo de Jacob todavía no sabía con qué precisión se relacionaban las palabras de Jesús con la historia de su propia vida. Al principio, solamente escuchó la promesa de un agua después de la cual nunca volvería a tener sed y respondió: «Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed ni venga aquí a sacarla» (Juan 4:15).
Quizá continuaba pensando en el esfuerzo diario de recoger agua. Tal vez le resultaba especialmente atractiva la posibilidad de no tener que regresar cada día a aquel pozo. Pero Jesús sabía que su verdadera sed no se encontraba en el cántaro. Por eso llevó ahora la conversación hacia un aspecto que probablemente ella no esperaba.
🔥 Cuando Jesús toca la verdad de nuestra vida
Jesús le dijo: «Ve, llama a tu marido y ven acá». La mujer respondió brevemente: «No tengo marido». Entonces Jesús replicó: «Bien has dicho: No tengo marido. Porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad» (Juan 4:16–18).
De repente, la conversación ya no trataba del agua, del pozo ni de las diferencias entre judíos y samaritanos. Jesús había tocado un aspecto de su vida que ella misma no había querido convertir en tema de conversación.
Sin embargo, es decisivo observar cómo lo hizo. Jesús ya conocía su pasado antes de comenzar la conversación. Cuando le pidió agua, conocía toda la historia de su vida. Cuando le ofreció agua viva, sabía de sus relaciones anteriores y de su situación actual. Nada de lo que ahora se expresó constituyó para él un descubrimiento decepcionante.
Precisamente aquí se manifiesta la manera especial en que Cristo trata la culpa y las historias de vidas quebrantadas. No ignora la verdad, pero tampoco la utiliza para humillar a la persona. Se refiere a lo que permanece oculto porque la sanación puede comenzar cuando una persona ya no necesita huir de Dios.
Con frecuencia tendemos hacia uno de dos extremos. Intentamos restar importancia a la culpa para que no nos agobie o permitimos que nos determine hasta llegar a creer que nuestro pasado constituye nuestra verdadera identidad. Jesús no hace ninguna de estas dos cosas. Expresa la verdad y, al mismo tiempo, contempla a una persona que no tiene que quedar reducida a esa verdad.
La mujer comprendió entonces que se encontraba delante de un hombre que sabía más de lo que un desconocido podía conocer. Le dijo: «Señor, me parece que tú eres profeta». De este modo, su percepción de Jesús comenzó a cambiar. Al principio, él había sido solamente un judío para ella. Después lo había comparado con Jacob. Ahora reconocía en él a un profeta. Como sucedió con el hombre que había nacido ciego, también aquí el conocimiento crece paso a paso.
🌙 Cuando las preguntas religiosas se vuelven personales
Después de que Jesús se refiriera a la historia de su vida, la mujer planteó una antigua controversia religiosa. Sus antepasados habían adorado en el monte Gerizim, mientras los judíos insistían en que Jerusalén era el lugar determinado por Dios para la adoración. Quizá esta cuestión era realmente muy importante para ella. Tal vez también intentaba desviar la conversación de su vida personal hacia un terreno teológico menos doloroso. Juan no explica sus motivos, pero Jesús tomó en serio su pregunta.
Le explicó que había llegado la hora decisiva en la que la adoración a Dios ya no estaría determinada por la pertenencia a un lugar geográfico concreto. Entonces le dijo:
«Pero viene la hora, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre busca que lo adoren tales adoradores».
(Juan 4:23)
De este modo, Jesús volvió a dirigir la conversación hacia el corazón. La verdadera adoración es más que una cuestión acerca del lugar en el que se encuentra una persona. Afecta a la realidad de su relación con Dios. Alguien puede encontrarse en el lugar correcto y, sin embargo, estar interiormente muy alejado de Dios. Por el contrario, una persona socialmente marginada y con un pasado quebrantado puede encontrarse con Dios cuando se abre sinceramente ante él.
Adorar «en espíritu y en verdad» también significa que ya no necesitamos representar un papel delante de Dios. No tenemos que presentarle una versión cuidadosamente editada de nuestra vida. La mujer junto al pozo tampoco podía ocultarle nada. Jesús ya lo sabía todo y, a pesar de ello, le ofreció agua viva.
Esto transforma el significado de la sinceridad delante de Dios. No confesamos nuestra culpa para informarlo acerca de algo que todavía desconoce. Abrimos nuestro corazón porque podemos dejar de escondernos de aquel que nos conoce completamente y, sin embargo, busca tener comunión con nosotros.
🌿 «Yo soy, el que habla contigo»
La conversación alcanzó finalmente su punto culminante cuando la mujer dijo: «Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga, nos declarará todas las cosas». De este modo, dirigió su mirada hacia una esperanza futura. Algún día vendría el Mesías y entonces respondería las preguntas que todavía permanecían abiertas.
Jesús respondió:
«Yo soy, el que habla contigo».
(Juan 4:26)
La mujer había visto junto al pozo a un viajero judío cansado. Ahora ese hombre le explicaba que el Mesías a quien esperaba estaba sentado precisamente delante de ella.
Uno de los aspectos más asombrosos de esta historia es la persona a quien Jesús reveló con tanta claridad su identidad. No mantuvo esta extensa conversación con un escriba respetado de Jerusalén, sino con una mujer samaritana junto a un pozo. Ella pertenecía a un pueblo rechazado por muchos judíos, y la historia de su vida difícilmente correspondía a la imagen de una persona a quien se consideraría digna de recibir una revelación espiritual especial.
Pero Jesús no contempló las categorías en las que otras personas la habrían clasificado. Vio un corazón al que podía alcanzar.
Elena G. de White describe en El Deseado de todas las gentes el encuentro junto al pozo de Jacob como un ejemplo impresionante de la manera en que Cristo se acerca a una sola persona y la conduce paso a paso hacia la verdad. Comenzó con una necesidad cotidiana, despertó la sed espiritual, sacó a la luz la realidad oculta de su vida y finalmente condujo a la mujer al conocimiento de su persona. Al mismo tiempo, Elena G. de White subraya que Jesús reconoció en aquella mujer a una persona por medio de cuyo testimonio serían alcanzados más tarde muchos otros samaritanos.
(Cf. Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, capítulo «Junto al pozo de Jacob»).
Pocos instantes antes, la mujer había pensado en cómo podría facilitar su recorrido diario hasta el pozo. Ahora se encontraba ante un descubrimiento mucho mayor: aquel a quien su alma había estado buscando había salido personalmente a su encuentro.
Pronto se mostraría hasta qué punto aquel encuentro la había transformado. La mujer que había llegado sola al pozo correría de regreso a la ciudad y buscaría precisamente a las personas a quienes posiblemente había evitado hasta ese momento. Dejaría atrás su cántaro porque algo se había vuelto más importante que el motivo original de su viaje.
Había llegado para recoger agua, pero regresaría porque había encontrado la fuente.
«Pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás».
(Juan 4:14)
🕊️ El cántaro queda atrás
En el momento en que la conversación entre Jesús y la samaritana había alcanzado su punto culminante, los discípulos regresaron de la ciudad. Se sorprendieron al ver que Jesús hablaba con una mujer, pero ninguno de ellos le preguntó abiertamente por qué lo hacía. Mientras tanto, para la mujer había sucedido algo que relegaba a un segundo plano todas las barreras sociales y también el propósito original de su recorrido hasta el pozo. Juan relata un pequeño detalle que puede pasarse fácilmente por alto, pero que revela mucho acerca de su estado interior: dejó su cántaro y regresó a la ciudad.
Aquel cántaro había sido la razón por la que había acudido al pozo. Quería cumplir una tarea completamente cotidiana y probablemente había esperado regresar después con la misma discreción con la que había llegado. Ahora el recipiente quedó atrás porque algo diferente se había vuelto más urgente. La mujer no había mantenido solamente una interesante conversación religiosa. Había encontrado al hombre de quien acababa de decir que algún día vendría y explicaría todas las cosas. Jesús le había respondido que precisamente aquel Mesías estaba hablando con ella en ese momento.
Por eso fue a buscar a los habitantes de Sicar y les dijo: «Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será este el Cristo?» (Juan 4:29). Estas palabras son especialmente significativas. El conocimiento que Jesús tenía de su pasado, que debió de constituir al principio un momento doloroso de la conversación, se había convertido ahora en una parte de su testimonio. Ya no tenía que fingir que aquel pasado no existía. El hombre junto al pozo la había conocido completamente y, a pesar de ello, no se había apartado de ella.
Lo que anteriormente quizá había estado relacionado con la vergüenza se convirtió ahora en una prueba de que había encontrado a una persona extraordinaria. Ella no dijo: «Finalmente he encontrado todas las respuestas», sino que invitó a los demás a venir y verlo por sí mismos. Su conocimiento era todavía reciente, pero su encuentro había sido real. Precisamente esto hizo que su testimonio fuera digno de confianza.
🌿 Cuando un corazón transformado pone en movimiento a los demás
Los habitantes de Sicar podrían haber ignorado a la mujer. Probablemente la conocían mejor que cualquier extranjero y posiblemente sabían muchas cosas acerca de la historia de su vida. Sin embargo, algo en su mensaje y quizá también en su actitud transformada despertó su atención. Juan relata que las personas salieron de la ciudad y fueron hacia Jesús.
Aquí se produce un cambio asombroso. La mujer que había llegado sola al pozo se convirtió en la persona por medio de la cual toda una ciudad dirigió su atención hacia Jesús. Su pasado no la descalificó para contar lo que acababa de experimentar. Tampoco tuvo que completar una extensa formación religiosa antes de poder hablar a otros acerca de Cristo. Hizo algo muy sencillo: apartó la atención de sí misma y la dirigió hacia Jesús mediante la invitación: «Venid y ved».
Esta invitación contiene un principio importante del testimonio cristiano. No podemos obligar a nadie a creer ni responder a todas las preguntas de otra persona. Sin embargo, podemos llamar la atención hacia Cristo e invitar a las personas a conocerlo personalmente. Nuestro testimonio no alcanza su objetivo cuando otros quedan impresionados por nosotros, sino cuando comienzan a buscar personalmente a Jesús.
En su relato de este acontecimiento, Elena G. de White destaca la rapidez con la que la samaritana se convirtió en mensajera para los demás después de su encuentro con Cristo. Aunque los discípulos habían pasado mucho más tiempo con Jesús, al principio apenas percibieron las posibilidades espirituales existentes en Samaria. En cambio, la mujer reconoció el valor de lo que había recibido y no quiso guardarlo para sí misma. Su experiencia personal se convirtió en el punto de partida para que otras personas también se encontraran con Cristo.
(Cf. Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, capítulo «Junto al pozo de Jacob»).
De este modo, ya comienza a cumplirse algo de la imagen del agua viva. El don de Cristo no se detiene en una sola persona. Quien recibe de él no se convierte en una fuente independiente de Cristo, sino en una persona por medio de cuya vida la gracia de Dios puede alcanzar también a los demás.
🔥 La cosecha que los discípulos todavía no veían
Mientras la mujer hablaba de Jesús en la ciudad y las personas comenzaban a dirigirse hacia el pozo, los discípulos se encontraban ocupados con un asunto completamente diferente. Habían conseguido alimentos y pidieron a Jesús que comiera. Sin embargo, él respondió: «Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis» (Juan 4:32). Al principio, los discípulos interpretaron sus palabras de manera tan literal como la mujer había comprendido anteriormente sus declaraciones acerca del agua viva. Se preguntaron si alguien le habría traído algo de comer.
Jesús les explicó: «Mi comida es que haga la voluntad del que me envió y que acabe su obra» (Juan 4:34). Después dirigió su mirada hacia las personas que se acercaban desde Sicar y habló de campos que ya estaban maduros para la cosecha.
Los discípulos habían entrado en una ciudad samaritana para comprar alimentos. Jesús contempló la misma ciudad y reconoció a personas dispuestas a escuchar el mensaje del reino de Dios. Ellos habían percibido las necesidades prácticas del viaje, mientras Cristo veía también el anhelo espiritual de aquellas personas.
De este modo, la historia vuelve a tocar el tema de la visión. Como ya sucedió con el hombre que había nacido ciego, Jesús muestra a sus discípulos que tienen que aprender a contemplar a las personas de una manera diferente. Los prejuicios pueden limitar nuestra mirada tanto como la indiferencia. Quien ya ha decidido interiormente de qué personas puede esperar interés espiritual y de cuáles no, puede pasar por alto una cosecha que Dios lleva mucho tiempo preparando.
La samaritana era el mejor ejemplo de ello. Probablemente, muchas personas no habrían esperado que precisamente ella condujera a otros hacia Jesús en tan poco tiempo. Sin embargo, Cristo ya había visto junto al pozo lo que sus discípulos todavía no podían reconocer: detrás de una historia de vida complicada se encontraba un corazón abierto a la verdad.
🌙 Del testimonio de una persona al encuentro personal
Los habitantes de Sicar llegaron hasta Jesús y le pidieron que se quedara con ellos. Él aceptó su invitación y permaneció allí durante dos días. Esto también era extraordinario para un maestro judío. Jesús no se limitó a mantener una breve conversación con una mujer samaritana para continuar después su camino. Aceptó la hospitalidad de los samaritanos y pasó tiempo con ellos.
Juan relata que muchas más personas creyeron por causa de sus palabras. Finalmente, dijeron a la mujer:
«Ya no creemos solamente por lo que tú dijiste, porque nosotros mismos hemos oído y sabemos que verdaderamente este es el Salvador del mundo».
(Juan 4:42)
De este modo, el testimonio de la mujer alcanzó su verdadero objetivo. Las personas no creyeron permanentemente porque ella les hubiera contado algo, sino porque se habían encontrado personalmente con Jesús. Sus palabras habían abierto el camino, pero Cristo mismo se convirtió en el fundamento de su fe.
Este proceso también es importante para nuestra vida de fe. Otras personas pueden hablarnos acerca de Jesús. Los padres pueden transmitir la fe a sus hijos, los predicadores pueden explicar las Escrituras, los amigos pueden contar sus experiencias y los textos espirituales pueden llevarnos a reflexionar. Sin embargo, en algún momento, la fe de la que hablan los demás debe convertirse en un encuentro personal con Cristo.
Finalmente, los samaritanos pudieron decir: «Nosotros mismos hemos oído». Jesús desea conducir a cada persona precisamente hasta ese punto. No quiere ser solamente el Cristo de nuestros padres, de nuestra iglesia o de una persona cuyo testimonio nos haya impresionado. Desea que nosotros mismos lo conozcamos y lo aceptemos.
🌾 El sábado: cuando Cristo calma nuestra sed más profunda
El encuentro junto al pozo de Jacob resulta especialmente apropiado para el comienzo del sábado, porque se refiere a una pregunta que puede permanecer fácilmente oculta en medio del ritmo agitado de la vida cotidiana: ¿De qué tiene sed realmente mi corazón? Durante la semana estamos ocupados con tanta frecuencia atendiendo necesidades inmediatas que nuestros anhelos más profundos apenas encuentran oportunidad para expresarse. Tenemos tareas que realizar, compromisos que cumplir, decisiones que tomar y problemas que resolver. Incluso cuando nos cansamos podemos continuar funcionando, mientras la siguiente obligación reclame nuestra atención.
El sábado interrumpe este ritmo. El trabajo termina, el ritmo se hace más lento y de repente surge espacio. Precisamente esta quietud puede resultar extraña al principio, porque en ella se hacen audibles cosas que durante la semana hemos podido ocultar. Quizá percibamos cuán agotados estamos realmente, cuánto nos preocupa un conflicto sin resolver o hasta qué punto nos hemos vuelto dependientes del reconocimiento, el éxito o el control. Algunas cosas que en la vida cotidiana parecen problemas prácticos se revelan en el silencio como una sed más profunda del corazón.
La mujer samaritana llegó hasta Jesús con un cántaro. Al principio pensaba en el agua que necesitaba para su vida diaria. Cristo tomó en serio aquella necesidad concreta, pero al mismo tiempo la condujo hacia algo más profundo. Le mostró que en su vida existía una sed que ni el agua del pozo de Jacob ni ninguna relación humana podría calmar permanentemente.
Nosotros también llevamos nuestros «cántaros» al sábado. Quizá lleguemos con la esperanza de descansar físicamente. Tal vez nos alegremos de poder disfrutar de tranquilidad, comunión, un culto o tiempo con la familia. Estos son dones valiosos del sábado. Sin embargo, Cristo desea conducirnos todavía más profundamente. No pregunta solamente si nuestro cuerpo descansa, sino si nuestra alma encuentra descanso en él.
Existe una diferencia entre distracción y renovación. Una persona puede interrumpir su trabajo durante veinticuatro horas y continuar interiormente inquieta. Los pensamientos pueden seguir trabajando, las preocupaciones pueden continuar girando y el corazón puede intentar beber de las mismas fuentes que no lograron satisfacerlo durante la semana. El sábado se convierte en un verdadero descanso espiritual cuando no solo interrumpimos nuestras actividades, sino que llevamos nuestra necesidad ante Cristo.
Precisamente por eso, la imagen del agua viva se relaciona tan profundamente con el sábado. Durante este día podemos reconocer de nuevo que nuestra vida no tiene que alimentarse de aquello que producimos por nosotros mismos. Durante seis días trabajamos, creamos, organizamos y asumimos responsabilidades. En el séptimo día dejamos conscientemente nuestra obra y recordamos que somos criaturas. En última instancia, nuestra vida no se sostiene gracias a nuestro rendimiento, sino por medio de Dios.
De este modo, el sábado nos dice semana tras semana: Puedes recibir. Podemos leer la Palabra de Dios sin tener que convertirla inmediatamente en una tarea. Podemos orar sin tener que demostrarle nada a Dios. Podemos permanecer en su presencia porque él mismo busca tener comunión con nosotros. Así como Jesús ya esperaba a la mujer junto al pozo antes de que ella supiera lo que allí sucedería, nuestro encuentro sabático también comienza con un Dios que sale primero a nuestro encuentro.
Sin embargo, esta historia muestra una segunda dimensión. Cristo no calma nuestra sed evitando la verdad acerca de nuestra vida. La mujer experimentó al mismo tiempo aceptación y verdad. Jesús habló de su pasado, pero lo hizo dentro de una relación en la que ella ya había comprobado que él no la despreciaba.
El sábado también puede convertirse en un espacio semejante. Cuando guardamos silencio en la presencia de Dios, él puede hacer visibles cosas que hemos reprimido durante la semana. Quizá nos muestre una prioridad equivocada, una dependencia, un conflicto sin resolver o un ámbito en el que intentamos continuamente satisfacer sin él nuestras necesidades más profundas. Este conocimiento no contradice el descanso sabático, sino que puede formar parte de su poder sanador.
El verdadero descanso no surge cuando evitamos la verdad, sino cuando sabemos que podemos permanecer delante de Dios con toda la verdad de nuestra vida y continuar siendo amados. Esto fue precisamente lo que experimentó la samaritana. Jesús conocía su historia y permaneció junto a ella; conocía su culpa y continuó hablando con ella; sabía de su sed y le ofreció agua.
Esta es también la invitación del sábado. No tenemos que presentarnos ante Dios como las personas que desearíamos ser, sino que podemos acudir tal como somos realmente. Su presencia no es la recompensa por una vida perfectamente ordenada, sino la fuente a partir de la cual puede comenzar a crecer una vida renovada.
Aquello que recibimos tampoco debe permanecer solamente en nosotros, como muestra la mujer junto al pozo. El sábado dirige nuestra mirada hacia los demás. Cuando nuestro corazón ha encontrado descanso en Cristo, podemos relacionarnos con las personas de una manera diferente. Ya no tenemos que esperar que confirmen nuestro valor ni que llenen nuestras carencias interiores. Podemos servirles, escucharlas y perdonarlas con mayor libertad, y hablarles de la esperanza que nosotros mismos hemos encontrado.
Así, el movimiento de esta historia también atraviesa el sábado: llegamos sedientos a Cristo, permitimos que nos conozca y nos renueve, y después regresamos a los demás. Sin embargo, no volvemos de la misma manera en que llegamos. La mujer dejó su cántaro junto al pozo y quizá también nosotros podamos dejar algo junto a Jesús durante este sábado: una preocupación a la que nos hemos aferrado, una carga de la semana anterior, el deseo constante de recibir reconocimiento o el intento de controlarlo todo por nuestras propias fuerzas.
No tenemos que cargar cada semana con el mismo cántaro lleno. En Cristo existe una fuente que nunca se agota.
🤲 Invitación
Durante este sábado, dedica conscientemente un tiempo a preguntarle a Dios qué buscó tu corazón durante la semana anterior. ¿Qué cosas reclamaron una parte especialmente grande de tu atención y qué esperabas recibir de ellas? Tal vez fueran cosas buenas y necesarias que, sin que lo notaras, ocuparon un lugar que no son capaces de llenar.
Lleva este anhelo ante Cristo sin intentar embellecerlo, porque él ya lo conoce. Pídele que te muestre dónde regresas una y otra vez a pozos incapaces de calmar tu sed más profunda. Después permanece en su presencia, no solamente para recibir respuestas, sino para volver a experimentarlo personalmente como la fuente de tu vida.
✨ Oración
Señor Jesús, tú viste a la mujer junto al pozo de Jacob y supiste de qué tenía verdadera sed su corazón antes de que ella misma pudiera comprender tus palabras. También conoces mis anhelos más profundos y sabes cuántas veces he intentado encontrar en las personas, las cosas, el éxito o mi propio control aquello que solamente tú puedes darme.
Durante este sábado deseo acudir a ti con toda mi vida. No tengo que esconderte nada porque ya conoces mi historia. Muéstrame con amor dónde busca mi corazón fuentes que me dejan sediento una y otra vez, y concédeme el valor de abandonar aquello que me impide disfrutar de una comunión más profunda contigo.
No permitas que el descanso de este sábado sea solamente una pausa de mi trabajo, sino que se convierta en una verdadera renovación de mi corazón. Calma mi inquietud con tu presencia, mi temor con tu paz y mi anhelo con tu amor. Enséñame a no intentar vivir constantemente mediante mis propias fuerzas, sino a recibir cada día el agua viva que solamente tú puedes dar.
Cuando hayas llenado nuevamente mi corazón, permite que tu gracia alcance también a otras personas por medio de mi vida. Concédeme la disposición de la mujer samaritana, que no se quedó contemplando su propia experiencia, sino que invitó a otros a acudir a ti. Que mi vida no dirija la atención hacia mí mismo, sino que anime a las personas a venir, escucharte y reconocer que tú eres verdaderamente el Salvador del mundo.
Amén.
