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🌍 CUANDO EL MUNDO SE ACERCA A SU FIN

🕯️ Esperanza, vigilancia y fidelidad en Mateo 24–25


Sermón especial 1: Cuando los días sean acortados – Preservados durante la gran tribulación

🛡️ Dios limita la tribulación y preserva a su pueblo


📜 Texto principal

«Porque habrá entonces gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá. Y si aquellos días no fuesen acortados, nadie sería salvo; mas por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados».
Mateo 24:21–22

🛡️ Versículo guía

«Fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar».
1 Corintios 10:13

🔦 Pensamiento central del sermón

Dios nunca prometió a su pueblo que evitaría toda tribulación. Sin embargo, prometió limitar el poder del mal, no abandonar a sus hijos durante la prueba y preservarlos mediante una relación de fe con Cristo. Por eso, el acortamiento de los días no manifiesta la debilidad de Dios, sino su dominio misericordioso y soberano sobre una crisis que, sin su intervención, destruiría toda vida.


🌅 Bienvenida e introducción

Amada iglesia, cuando leemos las palabras de Jesús acerca de la gran tribulación, pueden aparecer fácilmente ante nuestra mirada interior imágenes de persecución, guerras, hambre, catástrofes y un mundo que se desmorona. Algunas personas reaccionan ante estos textos con temor, otras procuran pasarlos por alto lo más rápidamente posible y algunas se ocupan tanto de los detalles de la crisis venidera que Cristo mismo desaparece del centro de su reflexión. Sin embargo, Jesús no nos entregó Mateo 24 para llenar nuestra imaginación con imágenes aterradoras ni para conducirnos hacia cálculos especulativos. Deseaba preparar a sus discípulos para que continuaran confiando en él incluso cuando, desde una perspectiva humana, todo pareciera estar fuera de control.

Por eso, las palabras decisivas de nuestro texto principal no son solamente: «Habrá entonces gran tribulación». Jesús añade inmediatamente: «Por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados». La advertencia contiene ya una promesa. La tribulación es real, pero no es ilimitada. El poder del mal resulta aterrador, pero no es soberano. Satanás puede oprimir, engañar, perseguir y destruir, pero no puede traspasar los límites establecidos por Dios. Por encima de toda la historia, incluso durante sus horas más oscuras, permanece la mano de aquel que conoce el principio y el fin y que no permite que su pueblo permanezca bajo la prueba ni una sola hora más de lo que corresponde a su plan eterno de salvación.

Necesitamos comprender esta verdad antes de hablar sobre los detalles de la gran tribulación. Si contemplamos solamente la crisis, nos llenaremos de temor. Sin embargo, si contemplamos a Cristo, reconoceremos que la crisis se encuentra limitada por todos lados mediante su presencia y su soberanía. Jesús no afirma que sus seguidores jamás sufrirán, sino que su sufrimiento no carecerá de sentido, no durará eternamente ni quedará fuera del alcance de su mano protectora.


🕯️ Ilustración narrativa: La noche anterior a la huida

La historia siguiente es una reconstrucción narrativa basada en el contexto de los acontecimientos que precedieron a la destrucción de Jerusalén.

El sol ya había desaparecido detrás de las colinas, pero en Jerusalén ardía una cantidad inusual de lámparas. Desde las murallas llegaban gritos hasta las calles estrechas, mientras hombres que transportaban armas, recipientes de agua o sacos de cereales pasaban repetidamente junto a las casas. La vida había cambiado desde la llegada de las tropas romanas. Nadie sabía qué traería el día siguiente. Los rumores se extendían con mayor rapidez que las noticias confiables, y cada nueva voz escuchada en la calle parecía predecir un futuro diferente.

En la habitación superior de una casa pequeña, una familia permanecía sentada alrededor de una mesa baja. Matías, el padre, había cerrado cuidadosamente la puerta y reducido tanto la llama de la lámpara que su luz apenas podía verse desde el exterior. Su esposa Ana sostenía al hijo menor en sus brazos, mientras su hija Miriam, de doce años, permanecía arrodillada junto a un pequeño equipaje de viaje. Dentro de él había algunas prendas de vestir, un recipiente con agua, higos secos y varios panes pequeños.

«¿Realmente nos marcharemos esta noche?», preguntó Miriam en voz baja.

Matías no respondió inmediatamente. Durante varios días había conversado con otros seguidores de Jesús acerca de su advertencia. Habían transcurrido muchos años desde que el Señor anunciara a sus discípulos, sobre el monte de los Olivos, que Jerusalén sería rodeada por ejércitos. Cristo les había dicho que huyeran tan pronto como reconocieran la señal anunciada. El ejército romano había llegado realmente, pero después había ocurrido algo que nadie esperaba: las tropas se habían retirado repentinamente.

Muchas personas de la ciudad ya celebraban aquella retirada como una victoria. Grupos armados habían perseguido a los romanos y por las calles se proclamaba que Dios había liberado milagrosamente a Jerusalén. Algunos hombres se burlaban de los cristianos que deseaban abandonar sus casas. Según afirmaban, quienes huyeran en aquel momento demostrarían que no poseían valor ni confianza en Dios.

«Quizá los demás tengan razón», dijo Ana con voz temblorosa. «Los romanos se han marchado. Quizá el peligro haya pasado realmente».

Matías contempló el pequeño equipaje colocado delante de su hija. Aquella casa había pertenecido a su padre y él mismo había nacido dentro de ella. Sus herramientas se encontraban en el taller situado detrás del patio interior. Sobre el tejado estaban las vigas que había renovado apenas el año anterior. En un pequeño recipiente escondido debajo del suelo se encontraban los ahorros de la familia. Si se marchaban en aquel momento, no sabían si volverían alguna vez.

«Yo también he pensado lo mismo», confesó. «Mis ojos contemplan un ejército que se retira, pero dentro de mi corazón escucho las palabras de Jesús».

Tomó el pequeño rollo colocado sobre la mesa y recordó a su familia aquello que los primeros discípulos habían transmitido:

«Pero cuando viereis a Jerusalén rodeada de ejércitos, sabed entonces que su destrucción ha llegado. Entonces los que estén en Judea huyan a los montes».
Lucas 21:20–21

Miriam contempló atentamente a su padre. «Pero ¿por qué debemos huir si los soldados ya se han marchado?».

«Porque Jesús no dijo que debíamos esperar hasta comprenderlo todo», respondió Matías. «Nos proporcionó una señal y nos dijo qué debíamos hacer cuando apareciera. Tenemos que decidir si confiamos más en su Palabra que en aquello que parece seguro en este momento».

En aquel instante, alguien llamó suavemente tres veces a la puerta. Matías se sobresaltó, apagó la lámpara y esperó. Después escuchó la voz conocida de su amigo Simeón.

«Nos marchamos», susurró este después de entrar. «El camino hacia el norte todavía está libre. Algunas familias ya están esperando fuera de la ciudad».

Ana apretó al niño con mayor fuerza contra su pecho. «¿Cuánto durará la huida?».

Simeón movió la cabeza. «Nadie lo sabe».

«¿Y dónde viviremos?».

«Tampoco lo sabemos todavía».

«¿Tendremos suficiente alimento?».

Nuevamente, Simeón no pudo proporcionar una respuesta segura. Contempló a Matías y dijo: «No sabemos cómo será todo el camino. Solamente sabemos que el Señor nos ha dicho cuándo debemos partir».

La familia abandonó la casa poco antes de la medianoche. Llevaron únicamente aquello que podían cargar. Matías cerró la puerta, aunque sabía que ninguna cerradura podría detener los acontecimientos venideros. Miriam se detuvo una vez más y levantó la mirada hacia la pequeña ventana de su habitación.

«¿Cuándo regresaremos?», preguntó.

Su padre colocó una mano sobre su hombro. «Quizá no regresemos, pero Jesús irá con nosotros».

Avanzaron silenciosamente por las calles y, fuera de la ciudad, se unieron a un grupo de familias creyentes. Los ancianos recibían apoyo, los niños eran llevados en brazos y las pocas provisiones se distribuían entre todos. Nadie sabía si detrás de la siguiente colina los esperarían soldados, ladrones o caminos cerrados. A pesar de ello, continuaron avanzando porque recordaban las palabras de Cristo.

Después de varias horas, el hijo menor comenzó a llorar. Ana estaba agotada, los pies de Miriam le dolían y Matías también se preguntaba si había conducido a su familia hacia un peligro que podrían haber evitado. Detrás de ellos todavía podía contemplarse Jerusalén. La ciudad permanecía tranquila bajo la luz del amanecer y nada indicaba que sus últimos días ya hubieran comenzado.

Al llegar al borde de un olivar, hicieron una breve pausa. Miriam se sentó sobre una piedra y preguntó: «Padre, ¿cuánto durará este tiempo tan difícil?».

Matías contempló los rostros cansados de las personas que lo habían abandonado todo porque creían en la palabra de Jesús. No conocía la respuesta. No podía señalarle a su hija una fecha ni prometerle un camino sencillo. Sin embargo, recordó una frase que los discípulos habían conservado del discurso de Jesús.

«El Señor dijo que los días de la tribulación serían limitados», respondió. «No sabemos cuánto tiempo nos parecerá que duran, pero sabemos que no pueden prolongarse más de lo que Dios permita».

«¿Cómo lo sabes?».

«Porque Jesús no se limitó a advertirnos. También nos mostró que ya había contemplado el futuro antes que nosotros. Antes de que viéramos el peligro, él ya lo conocía. Antes de que supiéramos que debíamos huir, él ya había preparado un camino. Antes de que comience la tribulación, él ya conoce la hora en la que terminará».

Miriam dirigió nuevamente su mirada hacia la ciudad. Bajo la luz de la mañana, sus murallas todavía parecían fuertes y seguras, mientras que el camino que se extendía delante de ella permanecía desconocido. A pesar de ello, se levantó, tomó su pequeño equipaje y continuó avanzando junto a los demás.

Muchos años después comprendería cuán misericordiosa había sido aquella breve oportunidad. Los romanos regresaron, Jerusalén volvió a quedar rodeada y la ciudad experimentó una angustia cuyos horrores apenas pueden expresarse con palabras. Sin embargo, la inesperada retirada del ejército había abierto para los seguidores de Jesús un breve período durante el cual pudieron escapar. El peligro no había desaparecido, pero Dios había limitado su poder y preparado una salida para su pueblo.

Miriam jamás olvidó lo que su padre le había dicho aquella mañana: antes de que comience la tribulación, Dios ya conoce la hora en la que terminará.


1. 📖 Jesús no oculta la tribulación venidera

Esta historia nos conduce hacia las palabras pronunciadas por Jesús sobre el monte de los Olivos. Sus discípulos le habían preguntado acerca de la destrucción del templo, la señal de su regreso y la consumación del mundo. En su respuesta, Jesús no embelleció el futuro. Habló de falsos cristos, guerras, hambres, terremotos, persecución y engaño religioso. Sin embargo, no pretendía paralizar a sus discípulos, sino prepararlos.

Jesús dijo:

«Entonces os entregarán a tribulación, y os matarán, y seréis aborrecidos de todas las naciones por causa de mi nombre. Muchos tropezarán entonces, y se entregarán unos a otros, y unos a otros se aborrecerán. Y muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a muchos; y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará».
Mateo 24:9–12

Estas palabras demuestran que la crisis no consistirá solamente en una presión exterior. La persecución externa estará acompañada por el engaño, la traición, el odio y el enfriamiento interior del amor. Precisamente aquí se encuentra uno de los mayores peligros de la tribulación. Las personas pueden sobrevivir a circunstancias exteriores difíciles y, sin embargo, perecer espiritualmente si su confianza se derrumba, su amor se enfría o se apartan de la verdad.

Por eso, Jesús añade:

«Mas el que persevere hasta el fin, este será salvo».
Mateo 24:13

Perseverar no significa aquí salvarse mediante la fuerza de voluntad humana, sino permanecer junto a Cristo cuando aumenta la presión. La fe no permanece firme porque el ser humano sea fuerte por naturaleza, sino porque se aferra a un Salvador poderoso. Por eso, Jesús no dirige nuestra atención principalmente hacia la magnitud de la tribulación, sino hacia la necesidad de poseer una relación con él que permanezca firme incluso bajo presión.

Quien se ocupa exclusivamente de los acontecimientos puede permanecer sin preparación a pesar de poseer amplios conocimientos proféticos. En cambio, quien conoce a Cristo, confía en su Palabra y vive diariamente mediante su gracia posee la única preparación capaz de sostenerlo verdaderamente durante la crisis final. El conocimiento profético no debe limitarse a informarnos, sino conducirnos hacia una relación más estrecha con Jesús.


2. ⏳ ¿Qué significa que los días serán acortados?

Jesús afirma que ninguna persona sería salvada si aquellos días no fueran acortados. De esta manera describe la dinámica destructora del mal. El pecado no posee límites naturales. Allí donde no es detenido, se extiende, endurece los corazones, destruye las relaciones, abusa del poder y finalmente amenaza la vida misma. La historia de Jerusalén muestra de una manera estremecedora hasta dónde pueden llegar las personas cuando el odio, el fanatismo, la lucha por el poder y el engaño asumen el dominio.

Sin embargo, Jesús declara que Dios intervendrá. El acortamiento de los días significa, en primer lugar, que Dios establece un límite temporal para la tribulación. El mal no puede actuar indefinidamente. No posee un acceso libre a la historia, sino que se mueve dentro de los límites de la autorización divina. Esta verdad aparece ya en el libro de Job. Satanás deseaba destruir completamente a Job, pero Dios dijo:

«He aquí, todo lo que tiene está en tu mano; solamente no pongas tu mano sobre él».
Job 1:12

Posteriormente, Satanás recibió un margen de actuación más amplio, pero Dios volvió a establecer un límite claro:

«He aquí, él está en tu mano; mas guarda su vida».
Job 2:6

Job no sabía lo que había sucedido en el cielo. Solamente contemplaba la pérdida de sus posesiones, sus hijos y su salud. Lo que no podía ver era el límite que Dios había establecido para el enemigo. Satanás podía oprimirlo, pero no podía hacerlo todo. Aunque Job se sintiera abandonado, su vida continuaba rodeada por el dominio invisible de Dios.

La misma verdad se aplica a la gran tribulación. Los acontecimientos pueden producir la impresión de que el mal ha asumido completamente el control. A pesar de ello, Dios continúa siendo Señor sobre el comienzo, la extensión y el final de la crisis. Jesús no dice: «Quizá los días sean acortados», sino: «Serán acortados». El límite no depende de la misericordia de los gobernantes humanos, sino de la decisión de Dios.

Pablo aplica este principio a la vida personal:

«No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar».
1 Corintios 10:13

Este texto no promete que Dios eliminará inmediatamente cada prueba. Algunas veces proporciona una salida de la prueba y, en otras ocasiones, un camino a través de ella. Sin embargo, su fidelidad siempre continúa siendo mayor que el poder de aquello que nos oprime.


3. 🏛️ Jerusalén: El primer cumplimiento de la advertencia

Las palabras de Jesús se referían inicialmente a la destrucción de Jerusalén. Advirtió a sus discípulos acerca de un asedio futuro y les proporcionó una señal reconocible:

«Pero cuando viereis a Jerusalén rodeada de ejércitos, sabed entonces que su destrucción ha llegado. Entonces los que estén en Judea huyan a los montes».
Lucas 21:20–21

En el año 66 d. C., las tropas romanas dirigidas por Cestio Galo rodearon la ciudad. Aunque parecía posible continuar el avance, se retiraron inesperadamente. De esta manera surgió una oportunidad limitada para escapar. Los cristianos recordaron las palabras de Jesús y abandonaron Jerusalén antes de que comenzara el asedio definitivo. Cuando los romanos regresaron posteriormente, la ciudad quedó sitiada y en el año 70 d. C. fue destruida.

Lo decisivo no fue que los creyentes comprendieran todos los movimientos militares. Fueron preservados porque escucharon la advertencia de Cristo y actuaron. Dios abrió un período durante el cual podían escapar, pero ellos tuvieron que aprovecharlo mediante la fe. Si hubieran esperado hasta comprender con claridad todos los detalles, habría sido demasiado tarde.

Aquí encontramos una lección importante para nosotros. La protección de Dios no elimina nuestra responsabilidad. Cuando Cristo habla, no debemos esperar indefinidamente hasta que su Palabra sea confirmada mediante circunstancias visibles. La fe significa obedecer al Señor incluso cuando el camino todavía no se extiende completamente delante de nosotros.

Noé construyó el arca antes de que comenzara a llover. Abraham abandonó su patria sin contemplar el destino de su viaje. Moisés condujo a Israel hasta el mar Rojo antes de que las aguas se dividieran. Los cristianos abandonaron Jerusalén cuando muchas otras personas interpretaban la retirada romana como una señal de seguridad. En todos estos casos, la fe consistió en concederle a la Palabra de Dios una autoridad superior a la impresión momentánea.


4. 🔥 La prolongada tribulación de la iglesia

La profecía de Jesús se extendía mucho más allá de Jerusalén. La historia de la iglesia cristiana contiene largos períodos de intensa persecución. Los primeros cristianos ya fueron encarcelados, torturados y asesinados bajo diferentes emperadores romanos. Posteriormente surgieron sistemas político-religiosos que persiguieron a las personas porque deseaban permanecer fieles a su conciencia y a la Palabra de Dios.

Daniel había contemplado anticipadamente un poder que oprimiría al pueblo de Dios y atacaría sus mandamientos:

«Y hablará palabras contra el Altísimo, y a los santos del Altísimo quebrantará, y pensará en cambiar los tiempos y la ley».
Daniel 7:25

Apocalipsis 12 describe a la iglesia como una mujer obligada a huir delante del dragón:

«Y la mujer huyó al desierto, donde tiene lugar preparado por Dios, para que allí la sustenten por mil doscientos sesenta días».
Apocalipsis 12:6

Según el principio profético de día por año, estos 1260 días corresponden a un período histórico de 1260 años. Este período comenzó con la consolidación de la supremacía político-religiosa del papado medieval y se extendió hasta 1798, cuando dicho poder recibió un grave golpe político. Sin embargo, la afirmación de Jesús acerca del acortamiento de los días significa que la persecución intensa no continuó con la misma severidad durante todo este período.

Elena G. de White resume esta relación de la siguiente manera:

«En su misericordia, Dios acortó el tiempo de tan terrible prueba para su pueblo».

Después explica que la influencia de la Reforma contribuyó a frenar la persecución antes de que terminaran los 1260 años. Elena G. de White, El conflicto de los siglos, capítulo 15: «La Biblia y la Revolución francesa»

Por eso, la Reforma no fue solamente un debate teológico. Mediante el redescubrimiento de la Biblia, la proclamación de la justificación por la fe y la lucha en favor de la libertad de conciencia, Dios limitó la opresión religiosa. La persecución no desapareció en todas partes ni de forma inmediata, pero su poder ilimitado fue quebrantado. Dios acortó aquella prueba de fuego haciendo resplandecer la luz, despertando a diferentes personas, dirigiendo los acontecimientos políticos y creando espacios en los que su Palabra pudiera volver a proclamarse públicamente.

Esta relación histórica demuestra que Dios puede acortar los días de diferentes maneras. Puede abrir una vía de escape, como sucedió en Jerusalén; puede producir un movimiento de renovación, como ocurrió durante la Reforma; puede limitar sistemas de poder, transformar circunstancias políticas o capacitar a las personas para oponerse a la opresión. Los instrumentos son diferentes, pero la soberanía continúa siendo la misma.


5. ⚔️ La crisis final y el límite permanente establecido por Dios

La profecía de Jesús señala también hacia la crisis final que precederá a su regreso. Apocalipsis describe un tiempo durante el cual el engaño religioso, el poder político y la presión económica estarán unidos. Las personas tendrán que decidir si obedecerán los mandatos humanos o permanecerán fieles a los mandamientos de Dios.

«Y hacía que a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, se les pusiese una marca en la mano derecha o en la frente; y que ninguno pudiese comprar ni vender, sino el que tuviese la marca».
Apocalipsis 13:16–17

Por lo tanto, la crisis final no consistirá solamente en una conmoción económica, política o social. En su centro se encontrará la cuestión de la adoración. ¿A quién pertenece nuestra fidelidad suprema? ¿Qué autoridad determina nuestra conciencia? ¿Obedeceremos los mandamientos de Dios cuando esa obediencia produzca desventajas?

Como adventistas del séptimo día, reconocemos en el sábado del cuarto mandamiento una señal especial de la autoridad creadora de Dios. El sábado nos recuerda que no nos creamos a nosotros mismos, no podemos salvarnos y tampoco podemos preservarnos mediante nuestras propias fuerzas. Cada semana nos llama a descansar en la obra terminada de Dios y a confiar en él como nuestro Creador y Redentor.

«Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo para el Señor tu Dios».
Éxodo 20:8–10

Durante la crisis final, la fidelidad a la ley de Dios no será preservada mediante el simple conocimiento. Quien conozca hoy el sábado únicamente como una doctrina correcta, pero no haya aprendido a confiarle toda su vida a Cristo, no podrá permanecer firme solamente por poseer información profética. La decisión final hará visible a quién pertenece ya nuestro corazón.

También en este contexto, el acortamiento de los días por parte de Dios significa que la crisis final no continuará indefinidamente. Apocalipsis 17 describe poderes que actuarán solamente durante un período limitado:

«Y los diez cuernos que has visto son diez reyes, que aún no han recibido reino; pero por una hora recibirán autoridad como reyes juntamente con la bestia».
Apocalipsis 17:12

La expresión «una hora» señala la brevedad de la última manifestación de su poder. Aunque el mal alcanzará una culminación aterradora, precisamente esa culminación estará situada inmediatamente antes de su final. Los poderes de este mundo pueden producir la impresión de que han alcanzado una victoria definitiva. En realidad, su dominio se aproxima al juicio de Dios.


6. 🛡️ La preservación no siempre significa ser librados del sufrimiento

Necesitamos comprender cuidadosamente lo que la Biblia quiere decir mediante la preservación. Dios no siempre protege a sus hijos de toda experiencia de sufrimiento físico. Muchas personas fieles fueron perseguidas, encarceladas o asesinadas. Hebreos 11 habla primero acerca de personas que, mediante la fe, conquistaron reinos, cerraron las bocas de los leones y escaparon del filo de la espada. Sin embargo, posteriormente leemos acerca de otros creyentes que fueron igualmente fieles, pero no experimentaron una liberación visible:

«Otros fueron atormentados, no aceptando el rescate, a fin de obtener mejor resurrección. Otros experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles. Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada».
Hebreos 11:35–37

Ambos grupos vivieron mediante la misma fe. Algunos fueron librados del peligro, mientras que otros permanecieron fieles a Dios hasta la muerte. Por eso, en su sentido más profundo, la preservación significa que ningún poder puede separarnos de Cristo.

Jesús dijo a sus discípulos:

«Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá. Con vuestra paciencia ganaréis vuestras almas».
Lucas 21:17–19

A primera vista, este texto parece contradictorio. Poco antes, Jesús había anunciado que algunos de sus seguidores serían asesinados y, sin embargo, afirmó que ni un cabello de sus cabezas perecería. Hablaba acerca de una preservación que alcanza una realidad más profunda que la vida terrenal. Las personas pueden matar el cuerpo, pero no pueden arrebatar la vida eterna escondida en Cristo.

Pablo expresa la misma certeza:

«¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? […] Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó».
Romanos 8:35,37

No somos vencedores porque seamos librados de «todas estas cosas». Pablo afirma que vencemos «en todas estas cosas». La preservación de Cristo se manifiesta en que la tribulación no puede destruir nuestra fe, el temor no puede apagar nuestra esperanza y la persecución no puede separarnos de su amor.


7. 🙏 La fe que resistirá la tribulación se desarrolla hoy

La preparación para la gran tribulación no comienza acumulando la mayor cantidad posible de información acerca de los acontecimientos futuros. Comienza mediante la decisión diaria de confiar en Cristo. Quien hoy abandona inmediatamente la oración al afrontar pequeñas dificultades, descuida la Palabra de Dios o actúa contra su conciencia no poseerá repentinamente una fe inconmovible cuando llegue una crisis mundial. El carácter se desarrolla por medio de las decisiones de la vida cotidiana.

Jesús dice:

«El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel; y el que en lo muy poco es injusto, también en lo más es injusto».
Lucas 16:10

Cuando hoy aprendemos a permanecer sinceros aunque una mentira resultara más cómoda, Dios nos está preparando. Cuando perdonamos a pesar de que nuestro orgullo haya sido herido, Dios nos está preparando. Cuando guardamos fielmente el sábado aunque otras personas esperen algo diferente de nosotros, Dios nos está preparando. Cuando concedemos a la Palabra de Dios mayor autoridad que al estado de ánimo de nuestro entorno, crece dentro de nosotros la fe capaz de permanecer firme también durante pruebas mayores.

Elena G. de White no presenta la futura prueba de la fe como una oportunidad para recuperar una preparación descuidada. Explica que el pueblo de Dios debe aprender anteriormente a aferrarse a Cristo. En su descripción de la tribulación final destaca que los creyentes no dejan de clamar a Dios a pesar de su angustia y de la aparente demora de la respuesta. Su fe no desfallece porque han aprendido a aferrarse a las promesas divinas como Jacob. Elena G. de White, El conflicto de los siglos, capítulo 39: «El tiempo de angustia»

No debemos confundir esta preparación con el intento de producir mediante nuestras propias fuerzas una perfección sin pecado. Nuestra seguridad no se encuentra en la idea de que algún día podríamos llegar a ser tan fuertes que apenas necesitáramos a Cristo. Lo contrario es verdadero. La madurez espiritual significa reconocer cada vez más plenamente que no podemos hacer nada sin Jesús.

«Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí».
Juan 15:4

Por eso, la pregunta decisiva no es: ¿Soy suficientemente fuerte para afrontar la crisis final? La pregunta correcta es: ¿Permanezco hoy en Cristo? Cuando el pámpano continúa unido a la vid, recibe todo lo necesario para vivir. Cuando permanecemos unidos a Jesús, él nos concede las fuerzas necesarias para cada responsabilidad en el momento oportuno.


8. 🕊️ El Espíritu Santo prepara al pueblo de Dios

Jesús no anunció solamente la tribulación, sino que también prometió a sus discípulos la ayuda del Espíritu Santo:

«Pero cuando os trajeren para entregaros, no os preocupéis por lo que habéis de decir, ni lo penséis, sino lo que os fuere dado en aquella hora, eso hablad; porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu Santo».
Marcos 13:11

Esta promesa no significa que podamos descuidar hoy la Biblia. El Espíritu Santo nos recuerda la Palabra que hemos recibido, profundiza nuestra comprensión y nos concede claridad y valor durante la hora decisiva. Por eso, la preparación no consiste en una agitación dominada por el temor, sino en una vida que se abre diariamente a la obra del Espíritu.

Pablo escribe:

«Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención».
Efesios 4:30

En el contexto de este versículo, Pablo habla acerca de nuestra conducta cotidiana. Debemos abandonar toda amargura, enojo, gritería, blasfemia y malicia, mientras la bondad, la misericordia y la disposición a perdonar deben caracterizar nuestra vida. Por consiguiente, el sellamiento para la crisis final no puede separarse de la transformación de nuestro carácter. El Espíritu Santo nos afirma en la verdad haciendo que esa verdad produzca resultados dentro de nuestra vida.

No podemos esperar un derramamiento futuro del Espíritu Santo mientras rechazamos hoy su voz apacible. Cuando nos llama a confesar un pecado, restaurar una relación, perdonar a una persona u obedecer un mandamiento claro de Dios, no debemos esperar. Cada corrección aceptada profundiza nuestra receptividad, mientras toda resistencia consciente endurece el corazón.

La buena noticia es que Dios mismo desea realizar esta obra dentro de nosotros:

«Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es el que os llama, el cual también lo hará».
1 Tesalonicenses 5:23–24

Nuestra santificación es la obra de Dios a la que nos abrimos mediante la fe. Aquel que nos llama también nos capacitará. En esta certeza se encuentra nuestra esperanza.


9. 🤝 Dios preserva a un pueblo, no solamente a personas aisladas

Durante los períodos dominados por el temor existe el peligro de que cada persona piense únicamente en su propia seguridad. Sin embargo, la Biblia describe a la iglesia como un cuerpo. Cuando un miembro sufre, todos sufren con él; cuando un miembro recibe consuelo, los demás también reciben nuevas fuerzas.

«Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca».
Hebreos 10:24–25

Cuanto más se aproxima el día de Cristo, tanto más necesaria resulta la comunión verdadera. No necesitamos una iglesia cuyos miembros se limiten a asistir juntos al culto, sino una familia espiritual dentro de la cual las personas oren unas por otras, se animen mutuamente, lleven las cargas ajenas, compartan alimentos, cuiden a los enfermos, reciban a quienes están solos y fortalezcan a los atemorizados mediante las promesas divinas.

Durante la huida de Jerusalén, las familias podían ayudarse mutuamente. Era necesario sostener a los ancianos, llevar a los niños en brazos y compartir las provisiones. También durante la crisis final, el amor desinteresado constituirá un testimonio visible de que el Espíritu de Dios obra dentro de su pueblo. Satanás intenta separar a las personas mediante el temor, pero Cristo une a sus hijos por medio del amor.

«Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo».
Gálatas 6:2

Por consiguiente, una iglesia no se prepara para el futuro solamente mediante seminarios proféticos. También se prepara aprendiendo hoy a convivir con misericordia, fidelidad y reconciliación. Si durante los períodos tranquilos ya luchamos unos contra otros por diferencias pequeñas, ¿cómo podremos apoyarnos mutuamente cuando experimentemos presión exterior? Cristo desea sanar ahora nuestra comunión para que su amor no se enfríe durante la crisis, sino que resplandezca con una luz todavía mayor.


10. 🌤️ La tribulación tendrá un final porque Cristo regresará

Cuando Jesús afirma que los días serán acortados, dirige nuestra mirada hacia el final de la tribulación. La historia del mundo no avanzará indefinidamente de una crisis hacia otra, sino que se aproxima al regreso visible de Jesús.

«E inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potencias de los cielos serán conmovidas. Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo».
Mateo 24:29–30

La gran tribulación no terminará porque la humanidad establezca mediante sus propias fuerzas un orden perfecto de paz. Terminará porque Cristo intervendrá. El mismo Jesús que advirtió sobre el monte de los Olivos acerca de la tribulación venidera aparecerá con poder y gloria.

«Y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria. Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos».
Mateo 24:30–31

Observemos hacia dónde conducen los días acortados: hacia la reunión de los escogidos. Dios no acorta la tribulación solamente para que las personas puedan continuar viviendo como antes. Pone fin a la historia del pecado para llevar definitivamente a su pueblo junto a él.

Juan contempló a estos redimidos delante del trono de Dios:

«Estos son los que han salido de la gran tribulación, y han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero. Por esto están delante del trono de Dios, y le sirven día y noche en su templo».
Apocalipsis 7:14–15

No se encuentran delante del trono porque se hayan preservado a sí mismos. Sus vestiduras fueron lavadas en la sangre del Cordero. Su salvación se fundamenta completamente en el sacrificio de Jesús. Han vencido la gran tribulación porque se aferraron a aquel que ya los había redimido sobre la cruz.

Por eso, el centro del último mensaje no es la tribulación, sino el Cordero. No llegamos a estar preparados reflexionando ininterrumpidamente acerca del mal, sino contemplando a Jesús, recibiendo su gracia, obedeciendo su Palabra y reflejando su carácter.


🌄 Conclusión: Dios conoce la hora final

Regresemos a Matías, Ana y sus hijos. Aquella noche abandonaron Jerusalén sin saber cuánto duraría su huida ni dónde encontrarían un nuevo hogar. No poseían un plan completo para los años siguientes. Solamente tenían la palabra de Jesús y la oportunidad de obedecerla.

Miriam preguntó a su padre cuánto duraría aquel tiempo difícil. Él no pudo proporcionarle una fecha, pero sí pudo ofrecerle algo más seguro que una fecha: la certeza de que Dios ya conocía el final de la tribulación.

Nosotros tampoco conocemos todos los detalles de aquello que se encuentra delante de nosotros. No sabemos qué pruebas personales nos esperan, con qué rapidez cambiarán los acontecimientos sociales ni de qué manera comenzará la crisis final. Jesús tampoco exige que conozcamos anticipadamente cada detalle, sino que confiemos en él.

Quizá alguna persona ya se encuentre hoy dentro de un período personal de tribulación. Una enfermedad continúa durante más tiempo de lo esperado, una carga familiar parece no tener final, una preocupación económica despierta nuevamente cada mañana o una oración parece permanecer sin respuesta. En tal situación, nuestro texto principal nos recuerda que Dios conoce los límites de nuestra prueba. Quizá nosotros no podamos contemplarlos, pero existen.

David oró:

«En tu mano están mis tiempos».
Salmo 31:15

Nuestro tiempo no se encuentra en las manos del azar, de nuestros enemigos ni de la crisis, sino en las manos de Dios. Aquel que conoce el principio también ha establecido el final. No abandonará a su pueblo ni permitirá que el poder del mal continúe ni una hora más de lo que su sabiduría y su misericordia autoricen.


📣 Llamado

Amada iglesia, la primera pregunta de este sermón es la siguiente: ¿Confío en la Palabra de Jesús incluso cuando mis ojos parecen decirme algo diferente? Los cristianos de Jerusalén contemplaron un ejército romano que se retiraba. Exteriormente parecía que el peligro había pasado, pero la palabra de Jesús los llamaba a actuar. Nosotros también necesitamos aprender a colocar la Palabra de Dios por encima de nuestras impresiones momentáneas, las mayorías sociales y las seguridades humanas.

La segunda pregunta es: ¿Vivo hoy dentro de una relación con Cristo capaz de sostenerme durante una prueba mayor? No necesitamos esperar hasta que comience la crisis final. Hoy es el momento de confesar nuestros pecados, cultivar la oración, estudiar seriamente la Biblia, santificar fielmente el sábado, restaurar las relaciones heridas y permitir que el Espíritu Santo transforme nuestro carácter.

La tercera pregunta es: ¿Estoy dispuesto a permitir que Cristo me conduzca también a través de una prueba que no elimine inmediatamente? Algunas veces le pedimos a Dios únicamente que ponga fin a la dificultad. Sin embargo, también desea enseñarnos a confiar en él mientras permanecemos en medio de ella. Su preservación no consiste siempre en evitar que atravesemos una tormenta, sino en impedir que la tormenta nos arranque de su mano.

Si hoy deseas decir: «Señor Jesús, no sé qué traerá el futuro, pero quiero confiar completamente en ti», toma ahora esta decisión dentro de tu corazón. Si reconoces que el temor, las especulaciones proféticas o las seguridades humanas han llegado a ser más importantes que tu relación con Cristo, entrégaselas. No le pidas solamente que te preserve de la crisis venidera, sino que haga de ti hoy una persona firmemente establecida en su verdad, su amor y su gracia.


🙏 Oración final

Señor Jesucristo, te agradecemos porque no ocultaste el futuro a tus discípulos. Hablaste acerca de la tribulación, la persecución y el engaño, pero uniste tu advertencia con una promesa. Nos aseguraste que los días de la tribulación están limitados y que ningún poder puede arrancar a tu pueblo de tu mano.

Perdónanos cuando, al leer la profecía, hemos contemplado más la crisis que a ti. Perdónanos cuando hemos permitido que las noticias aterradoras, las especulaciones o los cálculos humanos determinaran nuestros pensamientos. Ayúdanos a comprender que no deseas que vivamos bajo el dominio del temor, sino que permanezcamos vigilantes, sobrios y firmes en la fe.

Enséñanos a confiar más en tu Palabra que en nuestros ojos. Concédenos la obediencia de los cristianos que abandonaron Jerusalén cuando les abriste una vía de escape. Guárdanos de aplazar tus advertencias solamente porque las circunstancias visibles parezcan seguras en este momento.

Te pedimos una fe que no comience a desarrollarse solamente durante la crisis final, sino que crezca hoy dentro de nosotros. Ayúdanos a permanecer fieles en las pequeñas decisiones de la vida cotidiana. Enséñanos a actuar con sinceridad, perdonar voluntariamente, amar el sábado, guardar tu Palabra y seguir sin demora la voz de tu Espíritu Santo.

Purifica nuestros corazones de la amargura, el orgullo, la confianza en nosotros mismos y el pecado oculto. No permitas que intentemos prepararnos para el futuro mediante nuestras propias fuerzas. Únenos tan estrechamente contigo como el pámpano se encuentra unido a la vid. Permite que tu poder se perfeccione dentro de nuestra debilidad y que tu amor crezca en nosotros para que no se enfríe ni siquiera durante los períodos de tribulación.

Te pedimos por tu iglesia. Haz de nosotros una familia espiritual que ore unos por otros, lleve las cargas ajenas y no abandone a ninguna persona en medio de su necesidad. Sana las relaciones heridas, vence la desconfianza y enséñanos a vivir desde hoy aquel amor desinteresado que, durante la crisis venidera, hará visible que somos tus discípulos.

Permanece especialmente junto a todas las personas que experimentan ya una tribulación personal. Fortalece a los enfermos, consuela a quienes lloran, acompaña a quienes están solos, provee para quienes no saben cómo podrán continuar y concede nuevo valor a quienes esperan. Cuando no elimines inmediatamente una prueba, concédeles la certeza de que conoces sus límites y no olvidas ni un solo instante de sus lágrimas.

Prepáranos para tu regreso. Protégenos del engaño, afírmanos en tu Palabra y séllanos mediante tu Espíritu Santo. Cuando las leyes humanas entren en conflicto con tus mandamientos, concédenos valor para permanecer fieles. No permitas que actuemos por rebeldía u orgullo, sino por amor hacia ti y con una conciencia que pertenezca completamente a tu Palabra.

Señor Jesús, no conocemos la duración de cada prueba, pero te conocemos a ti. No sabemos cuán oscura llegará a ser la última noche, pero sabemos que ya has establecido la mañana. No conocemos todos los caminos por los cuales conducirás a tu pueblo, pero sabemos que no olvidarás a ninguno de tus redimidos.

Sostennos firmemente cuando nuestras propias fuerzas fracasen. Preserva nuestra fe cuando las respuestas no lleguen. Conserva nuestro amor cuando la maldad se multiplique y dirige nuestra mirada hacia el momento en el que regresarás con gran poder y gloria.

Te agradecemos porque la tribulación no tendrá la última palabra. La última palabra te pertenece a ti, nuestro Redentor y Rey que regresa. Hasta aquel día colocamos nuestra vida, nuestras familias, nuestra iglesia y nuestro futuro en tus manos.

Oramos en tu santo nombre.

Amén.