🌙 ¿Sigues despierto?
Cada noche, un poco más cerca de Jesús.
📅 22 de agosto
👑 Él es más grande que yo
📖 Mateo 3:11
«Yo os bautizo con agua para arrepentimiento; pero el que viene después de mí es más poderoso que yo. No soy digno de llevarle las sandalias».
Mateo 3:11
Para entonces, Juan ya era conocido mucho más allá del desierto. Personas procedentes de Jerusalén, Judea y toda la región acudían a él, escuchaban sus predicaciones, confesaban sus pecados y se dejaban bautizar en el Jordán. Para cualquier persona habría sido fácil dejarse impresionar por toda aquella atención. Juan podría haberse sentido orgulloso de que tanta gente emprendiera el camino hacia el desierto por causa de él. Podría haber comenzado a disfrutar de su propia importancia, a construir un gran movimiento alrededor de su persona o a considerarse imprescindible.
Pero Juan hizo exactamente lo contrario. En medio de su éxito, apartó la atención de sí mismo y dijo: «Después de mí viene uno que es más poderoso que yo». Juan sabía que su ministerio era importante, pero también sabía con absoluta claridad que él no era el centro de la historia. Su misión consistía en preparar el camino. La meta era Jesús.
🎯 Juan conocía su misión
Juan sabía por qué Dios lo había enviado. Era el precursor del Mesías, pero no era el Mesías. Podía hacer que las personas tomaran conciencia de su culpa y llamarlas al arrepentimiento, pero no podía quitarles esa culpa. Podía bautizarlas con agua en el Jordán, pero no podía renovar sus corazones mediante sus propias fuerzas. Podía señalar el camino correcto, pero Jesús mismo era el camino.
Precisamente en esto se manifiesta la humildad de Juan. La humildad no significa pensar mal de uno mismo ni menospreciar las propias capacidades. Juan no dijo: «Soy inútil y no puedo hacer nada». Al contrario: predicó con valentía, cumplió fielmente su misión y no se dejó intimidar ni por los dirigentes religiosos ni por las personas poderosas. Al mismo tiempo, sabía que su importancia tenía límites. Él era el siervo de Dios, pero Jesús era el Señor.
Por eso, la verdadera humildad significa verse como Dios nos ve: ni más importantes ni menos valiosos de lo que realmente somos. Juan conocía su lugar y no necesitaba intentar ocupar el lugar de Jesús.
📱 El deseo de ser el centro de atención
Nuestro mundo no nos facilita precisamente pensar de esta manera. Muchas cosas giran en torno al deseo de ser vistos. Mostramos nuestras mejores fotografías, contamos experiencias emocionantes y compartimos nuestros éxitos. Observamos cuántas personas reaccionan a lo que hemos publicado y rápidamente comenzamos a compararnos con los demás. Tal vez nos duela cuando alguien parece ser más popular, más atractivo, más deportista o más exitoso. Quizá nos preguntemos en secreto por qué otros reciben más atención que nosotros.
El deseo de reconocimiento es humano. Se vuelve problemático cuando comienza a dominar nuestro corazón. Entonces dejamos de hacer las cosas principalmente porque son correctas y comenzamos a hacerlas para que otros las vean. Ayudamos, pero al mismo tiempo esperamos recibir elogios. Hablamos de nuestros éxitos, pero preferimos ocultar nuestros errores. Incluso en el servicio a Dios puede esconderse este deseo. Una persona puede hablar acerca de Jesús y, en secreto, desear que quienes la escuchan la admiren sobre todo a ella.
Juan podría haber dicho fácilmente: «¡Mirad cuántas personas están cambiando gracias a mi ministerio!» Sin embargo, en esencia dijo: «No me miréis a mí. Mirad al que viene después de mí». Su éxito no hacía que Jesús pareciera menos importante. Al contrario: Juan utilizó su influencia para engrandecer a Jesús.
👟 Ni siquiera sus sandalias
Juan fue todavía más lejos. Acerca de Jesús dijo: «No soy digno de llevarle las sandalias». En aquella época, llevar o desatar las sandalias se consideraba uno de los servicios más humildes. Con estas palabras, Juan no quería afirmar que carecía de valor como ser humano. Quería dejar claro cuán grande es Jesús.
Para muchas personas, en aquel momento Jesús no era exteriormente más que un hombre procedente de Nazaret. No llevaba corona, no estaba acompañado por soldados ni poseía un palacio. Pero Juan sabía que detrás de aquella sencillez exterior se encontraba una realidad incomparable: el Hijo de Dios había venido a vivir entre los seres humanos. El Rey del cielo vivía en medio de su creación. Aquel que no tenía pecado había venido para salvar a los pecadores.
Quien reconoce verdaderamente la grandeza de Jesús ya no necesita engrandecerse artificialmente. No necesitas demostrar constantemente lo importante que eres cuando sabes a quién perteneces. No necesitas ocupar el centro de atención cuando Jesús ocupa el centro de tu vida. Su grandeza no disminuye tu valor. Al contrario: precisamente porque le perteneces, puedes saber lo valioso que eres.
🌟 Una señal no es el destino
Imagina una señal de tráfico que indica el camino hacia una ciudad. La señal es importante. Sin ella, algunas personas quizá tomarían el camino equivocado. Sin embargo, nadie se quedaría delante de la señal diciendo: «¡Por fin he llegado!» La señal no es el destino. Su función consiste en indicar el camino hacia la meta.
Así entendía Juan su ministerio. Él era una señal en el camino. Sus predicaciones, su manera de vivir y su bautismo debían preparar a las personas para encontrarse con Jesús. Si al final las personas solamente hubieran admirado a Juan, él habría fracasado en su misión.
También tu vida puede convertirse en una señal semejante. Para ello no necesitas ser pastor ni misionero, ni tampoco hablar delante de una gran multitud. Tal vez tu vida señale a Jesús cuando permaneces honrado, aunque otros engañen. Quizá suceda cuando no te burlas de una persona a la que todos los demás ridiculizan, cuando pides perdón después de haber actuado mal o cuando explicas tranquilamente por qué tu fe es importante para ti. Tal vez un amigo escuche por primera vez algo acerca del amor de Dios porque tú lo escuchas y oras por él.
La pregunta decisiva no es: «¿Me admiran las personas?» Mucho más importante es preguntar: «¿Les ayuda mi vida a ver a Jesús?»
❤️ Jesús es más que un ejemplo
Juan no dijo solamente que Jesús fuera un maestro mejor o un profeta más importante. Jesús era incomparablemente más grande porque podía hacer algo que ningún ser humano es capaz de hacer. Juan podía llamar al arrepentimiento; Jesús podía conceder el perdón. Juan podía bautizar con agua; Jesús podía renovar un corazón mediante el Espíritu Santo. Juan podía anunciar la llegada del Rey; Jesús era ese Rey.
También hoy algunas personas consideran a Jesús principalmente un buen ser humano o un maestro del amor. Naturalmente, Jesús es nuestro ejemplo perfecto. Pero si fuera solamente un ejemplo, tendríamos un problema muy grande. Un ejemplo puede mostrarte cómo deberías vivir, pero no puede cargar con tu culpa. Un ejemplo puede enseñarte qué es lo correcto, pero no puede regalarle una vida nueva a tu corazón.
Por eso no necesitas solamente mejores reglas o un ideal moral más elevado. Necesitas perdón. Necesitas un corazón renovado. Necesitas a alguien que actúe en tu favor allí donde tú no puedes salvarte a ti mismo. Necesitas a Jesús.
🙌 Cuando otros tienen más éxito
Más adelante, Juan vería cómo cada vez más personas acudían a Jesús. Algunos de sus propios discípulos comenzaron a inquietarse por ello. Veían que la atención se apartaba de su maestro y se dirigía hacia Jesús. Juan podría haberse puesto celoso. Podría haber pensado: «Después de todo lo que he hecho, ahora las personas simplemente se van con él».
Pero Juan reaccionó de una manera completamente diferente. Dijo: «Es necesario que él crezca, pero que yo disminuya». Precisamente para eso había trabajado Juan. Si las personas seguían a Jesús, su misión no había fracasado, sino que se había cumplido.
¿Cómo reaccionas cuando otra persona tiene éxito? ¿Qué sientes cuando un amigo obtiene una nota mejor, cuando elogian a otra persona por algún logro o cuando alguien recibe más atención? ¿Puedes alegrarte con ella o surge inmediatamente en ti la sensación de que eso te hace menos valioso?
Con frecuencia, la envidia nace del temor de que el éxito de otra persona nos quite algo. Sin embargo, tu valor no depende de que seas mejor que los demás. Tu querido Papá te ve, conoce tus dones y sabe qué misión te ha dado. No te exige que superes a otra persona. Te invita a ser fiel con aquello que te ha confiado.
🪞 ¿Quién ocupa el trono?
Juan describió a Jesús como el más poderoso. Sin embargo, es posible llamar a Jesús Rey con nuestros labios y, a pesar de ello, querer seguir ocupando nosotros mismos el trono de nuestra vida. Oramos: «Hágase tu voluntad», pero algunas veces pensamos en secreto: «Siempre que tu voluntad coincida con mis planes».
Decimos que Jesús es nuestro Señor, pero preferimos decidir solos cuando se trata de nuestras relaciones, nuestro tiempo libre, nuestros hábitos o nuestros planes para el futuro. Sin embargo, Jesús no quiere quitarte la alegría de vivir. No es un rey severo que utiliza su poder para humillar a las personas. Es el Rey que estuvo dispuesto a ir a la cruz por su pueblo. Precisamente por eso puedes confiar en él.
Por tanto, la pregunta más importante de esta noche no es solamente: «¿Es Jesús más grande que Juan?» Eso ya lo sabemos. La pregunta más personal es: «¿Puede Jesús hacerse más grande también en mi vida?» ¿Puede su voz llegar a ser más importante que la opinión de los demás? ¿Puede su Palabra determinar qué está bien y qué está mal? ¿Puede corregir tus planes y mostrarte qué hábitos deberías abandonar? ¿Puede ser verdaderamente tu Rey?
🕯️ Menos de mí, más de Jesús
«Menos de mí» no significa que debas perder tu personalidad. Dios no quiere crear personas sin carácter que piensen, hablen y actúen todas de la misma manera. Él te ha dado una personalidad propia, capacidades y dones. Todas estas cosas son valiosas. La pregunta decisiva es para qué las utilizas.
Tal vez sabes cantar muy bien. Entonces puedes utilizar tu voz no solamente para que las personas te admiren, sino también para transmitirles esperanza. Quizá sabes escribir bien. Entonces tus palabras pueden animar a las personas y dirigirlas hacia Jesús. Tal vez eres hábil en los deportes. Entonces puedes mostrar cómo son la honestidad, el respeto y un carácter cristiano. Quizá sabes escuchar especialmente bien. Entonces precisamente esa capacidad puede convertirse en un regalo de Dios para una persona que se siente sola.
No necesitas volverte menos valioso para que Jesús se haga más grande. Cuando Jesús ocupa el centro, descubres para qué fueron creadas realmente tus capacidades. Juan no perdió nada al señalar hacia Jesús. Precisamente de esa manera cumplió su misión.
Quizá tu mayor importancia tampoco consista en que el mayor número posible de personas conozca tu nombre. Tal vez consista en que las personas lleguen a conocer el nombre de Jesús a través de tu vida.
💭 Piensa en ello
¿En qué situaciones deseas especialmente ser visto o elogiado? ¿Cómo reaccionas cuando otra persona tiene más éxito o recibe más atención? ¿Y existe algún aspecto de tu vida en el que llamas Rey a Jesús, pero en realidad todavía quieres decidirlo todo por ti mismo?
🌟 Impulso para mañana
Mañana haz conscientemente algo bueno sin contárselo a nadie. Tal vez puedas ayudar a una persona, animar a alguien, realizar una tarea sin que nadie lo note u orar por una persona que necesita apoyo. Que sea un servicio silencioso del cual quizá solamente tu querido Papá tenga conocimiento.
Mientras lo haces, ora: «Jesús, hoy no necesito ser yo el centro de atención. Permite que, a través de mi vida, los demás puedan ver algo de ti».
🙏 Oración
Querido Papá:
Gracias porque Jesús es más grande, más poderoso y más maravilloso que cualquier ser humano. Gracias porque no tengo que engrandecerme a mí mismo, pues puedo saber que te pertenezco.
Perdóname cuando deseo ocupar demasiado el centro de atención, cuando me comparo con los demás o siento envidia porque alguien recibe más atención. Tú conoces mi deseo de reconocimiento y sabes con qué rapidez comienzo a hacer depender mi valor de lo que otros piensan acerca de mí.
Ayúdame a no obtener mi identidad de los elogios, del éxito o de la atención, sino de tu amor. Permite que Jesús se haga cada vez más grande en mi vida. Que sus palabras sean más importantes que mis deseos, su amor más fuerte que mi orgullo y su voluntad más valiosa que mis propios planes.
Utiliza mis capacidades, mis palabras y mis decisiones para que otros puedan reconocer algo de Jesús. Enséñame a alegrarme sinceramente por las cosas buenas que suceden en la vida de los demás y a servirte fielmente incluso cuando nadie me elogie por ello.
Como Juan, no quiero señalarme a mí mismo, sino dirigir la atención hacia Jesús.
Amén.
🌙 Que duermas bien.
No necesitas ocupar el centro de atención para ser valioso. Tu querido Papá te conoce, te ama y se alegra cuando tu vida señala hacia Jesús.
Hasta mañana.
