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🌅 VOLVER A LA FUENTE DE LA VIDA

Pensamientos sabáticos para la quietud, la renovación y el encuentro con Dios


🌿 Serie 3 – Encuentros con Jesús

Los Evangelios no cuentan solamente lo que Jesús enseñó y los milagros que realizó. Sobre todo, cuentan historias de personas con las que Él se encontró. Personas con historias de vida muy diferentes llegaron a su presencia: buscadores y personas llenas de dudas, enfermos y marginados, culpables y decepcionados, personas llenas de esperanza y otras que apenas conservaban esperanza alguna. Algunos buscaron conscientemente a Jesús; otros parecieron encontrarse con Él casi por casualidad en su camino. Pero una y otra vez sucedía lo mismo: cuando Jesús se encontraba realmente con una persona y esta se abría a Él, la vida ya no podía seguir siendo como antes.

Jesús veía a las personas de manera diferente a como las veía su entorno. Donde otros veían primero a un mendigo ciego, Él veía a un ser humano en quien podía manifestarse la obra de Dios. Donde la multitud solo reconocía en Zaqueo al despreciado recaudador de impuestos y estafador, Jesús veía a un hombre cuyo corazón ya estaba buscando una vida diferente. Donde otros habrían evitado a una mujer samaritana, Jesús se sentó junto a un pozo e inició con ella una conversación que reveló su sed interior más profunda. Él conocía el pasado de las personas, sus errores, sus luchas ocultas y sus anhelos, y precisamente por eso se acercaba a ellas con una combinación de verdad y gracia capaz de abrir corazones y renovar vidas.

En esta serie queremos revivir paso a paso algunos de estos encuentros. No queremos preguntar solamente qué ocurrió entonces, sino descubrir también qué tienen que ver estas historias con nuestra propia vida. Porque detrás del ciego de nacimiento, Zaqueo, la mujer junto al pozo de Jacob, Pedro, María Magdalena y muchos otros encontramos experiencias que siguen siendo familiares para nosotros hasta hoy: el deseo de ser vistos, el anhelo de un nuevo comienzo, el miedo al fracaso, la sed de plenitud interior, la búsqueda del perdón, la experiencia de la pérdida y la esperanza de que Dios pueda hacer surgir algo nuevo incluso de etapas quebrantadas de nuestra vida.

Cada encuentro mostrará además un aspecto diferente de Jesús. Lo veremos como Aquel que se detiene cuando otros siguen adelante; que busca al perdido antes de que este haya ordenado su vida; que conoce la sed del alma; que no se mantiene lejos en medio de la tormenta; que perdona sin ocultar la verdad acerca del pecado; que no abandona después del fracaso y que ofrece esperanza incluso allí donde los seres humanos solo ven una tumba. Así, a partir de muchas historias individuales, irá surgiendo poco a poco una imagen más completa de quién es realmente Jesús.

Precisamente el comienzo del sábado ofrece un espacio especial para estos encuentros. Cuando el viernes al atardecer el trabajo de la semana queda atrás y la actividad comienza lentamente a silenciarse, también nosotros podemos detenernos. Por un momento no tenemos que conseguir nada, demostrar nada ni esconder nada delante de Dios. El sábado nos recuerda que nuestra vida no está sostenida en primer lugar por lo que hacemos, sino por el Dios que nos creó, nos conoce y busca comunión con nosotros. Por eso, en cada meditación preguntaremos especialmente qué significa para nuestro sábado el encuentro correspondiente con Jesús: ¿Qué quiere Cristo que veamos? ¿Qué podemos soltar? ¿Dónde quiere sanar nuestro corazón, fortalecer nuestra fe o dirigir nuevamente nuestra mirada hacia Él?

Por eso estas historias no quieren ser solamente leídas. Son una invitación a entrar personalmente en la presencia de Jesús. Quizás alguna vez nos reconozcamos en la persona que necesita ayuda; otra vez, en los discípulos que todavía tienen que aprender a mirar con los ojos de Jesús. A veces sus palabras nos consolarán, otras veces nos desafiarán y, en ocasiones, tocarán una parte de nuestro corazón que hasta ahora hemos evitado. Pero siempre permanece la misma esperanza: el Jesús de los Evangelios es el mismo Cristo que hoy sigue buscando a las personas, encontrándose con ellas y deseando renovar sus vidas.

Cada viernes por la tarde, cuando con la puesta del sol comienza el sábado bíblico, una nueva meditación nos invita a vivir uno de estos encuentros. Que la quietud del sábado llegue a ser más que una simple interrupción de la semana. Que se convierta en un lugar donde volvamos a ver a Cristo, escuchemos su voz con mayor atención y experimentemos que un verdadero encuentro con Jesús todavía hoy puede transformar el corazón.



🌅 Volver a la fuente de la vida

Pensamientos sabáticos para la quietud, la renovación y el encuentro con Dios


🌿 Encuentros con Jesús

👣 1. El ciego de nacimiento


«Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento».
Juan 9:1


🕊️ Una historia – visto antes de poder ver

Para el hombre del que Juan habla en el capítulo nueve de su Evangelio nunca había existido una mañana en la que hubiera contemplado la luz del sol naciente. Conocía las calles de Jerusalén, pero no por sus colores y formas. Las conocía por los sonidos, los olores, las voces y el tacto. Escuchaba los pasos de las personas sobre las piedras, los gritos de los comerciantes, las risas de los niños que jugaban y las voces de los peregrinos que subían al templo. Tal vez podía reconocer por el sonido de unos pasos si alguien caminaba despacio o deprisa, pero no sabía cómo era el rostro de una persona que lo miraba con amabilidad.

No había quedado ciego a causa de un accidente ni había perdido la vista en algún momento de su vida. Había nacido ciego. Por eso, la oscuridad no era el recuerdo de algo que hubiera perdido, sino el único mundo que conocía. No sabía por experiencia propia qué significaban los colores, cómo se extendía el cielo sobre Jerusalén ni cómo caía la luz de la tarde sobre las murallas de la ciudad. Ni siquiera había visto jamás el rostro de sus padres.

A su ceguera física se añadía una segunda carga. En el pensamiento religioso de aquella época, el sufrimiento grave se relacionaba con frecuencia directamente con la culpa personal. Por eso, si alguien era ciego de nacimiento, no se buscaba solamente una explicación médica o natural, sino también una causa moral. Alguien tenía que haber pecado. Tal vez los padres, tal vez incluso el propio afectado de alguna manera que intentaban explicar. Así, su sufrimiento se convertía al mismo tiempo en un juicio religioso.

Probablemente aquel hombre había escuchado conversaciones semejantes muchas veces. Las personas pasaban junto a él, quizá dejaban una moneda en su mano y después discutían por qué Dios había permitido semejante destino. Otros apenas veían ya en él a una persona con una historia propia, sino un problema para el cual buscaban una explicación. Era el ciego, el mendigo, el hombre al borde del camino. Toda su persona parecía quedar resumida en una sola palabra.

Aquel día volvieron a acercarse unos pasos. El hombre no podía saber que entre quienes pasaban se encontraba Jesús de Nazaret. Tal vez ya había oído hablar de Él. En Jerusalén se hablaba de Jesús, de sus palabras, de sus curaciones y del creciente conflicto entre Él y los dirigentes religiosos. Pero aunque el ciego conociera aquellos relatos, no tenía ninguna razón aquella mañana para pensar que precisamente su propia vida llegaría a formar parte de una historia semejante.

Entonces oyó la voz de uno de los discípulos: «Rabí, ¿quién pecó, este o sus padres, para que haya nacido ciego?». La pregunta no se dirigía a él, sino que se hacía acerca de él. Una vez más su vida se convertía en objeto de discusión. Pero esta vez respondió Alguien distinto de todas las personas que había escuchado hasta entonces.

Jesús dijo: «No es que pecó este, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él» (Juan 9:3).

Con esta respuesta Jesús no estaba afirmando que aquel hombre o sus padres nunca hubieran pecado. Más bien rechazaba la idea de que su ceguera tuviera que entenderse como un castigo directo por una culpa personal concreta. El sufrimiento de aquella persona no debía utilizarse como base para emitir un juicio apresurado acerca de su relación con Dios.

Por primera vez, la pregunta central ya no era qué había detrás de aquel hombre, sino qué quería Dios hacer en su vida.

🌿 Jesús ve a una persona

La primera frase de esta historia contiene un detalle discreto, pero decisivo. Juan no escribe solamente que Jesús pasó junto a un ciego. Dice: «Al pasar Jesús, vio a un hombre».

Aquí aparece ya una diferencia esencial entre la mirada de Jesús y la mirada de quienes rodeaban a aquel hombre. Los discípulos vieron la ceguera y buscaron una explicación. Jesús vio a la persona y reconoció una oportunidad para que la obra de Dios se manifestara. Los otros miraban hacia atrás y preguntaban por la causa de su sufrimiento; Jesús miraba hacia adelante y veía lo que la gracia de Dios podía hacer con aquella situación.

Esta manera de mirar aparece una y otra vez en los Evangelios. Jesús nunca redujo a las personas a lo que les había sucedido ni a lo que habían hecho. Para Él, Zaqueo no era simplemente «el recaudador de impuestos», María Magdalena no era solo una mujer con un pasado difícil, Pedro no era únicamente el discípulo impulsivo y este hombre no era simplemente «el ciego de nacimiento». Jesús conocía toda la verdad de sus vidas y, aun así, veía siempre al ser humano creado por Dios y al que su gracia podía alcanzar.

Esto tiene una gran importancia para nosotros, porque con frecuencia los seres humanos nos miramos unos a otros de manera diferente. Formamos rápidamente un juicio a partir de lo que es visible. Una decisión, un error, una debilidad o una etapa del pasado pueden ser suficientes para que una persona reciba en nuestra mente una etiqueta fija. Después de cierto tiempo ya no vemos a la persona completa, sino solamente la característica con la que la hemos relacionado.

A veces hacemos exactamente lo mismo con nuestra propia vida. Nos contemplamos a través del lente de nuestro pasado y comenzamos a creer que un fracaso, una herida o una limitación determinan quiénes somos. Recordamos algo que salió mal y llevamos ese recuerdo con nosotros como si fuera nuestro nombre.

Pero Jesús ve de manera diferente. Conoce el pasado sin encerrarnos en él. Conoce nuestra debilidad sin medir nuestro valor por ella. Ve nuestras heridas y, al mismo tiempo, la sanidad que es posible. No ve solamente nuestra situación presente, sino también lo que su gracia puede producir en la vida de una persona.

Precisamente por eso, este primer encuentro de la serie no comienza con un gran milagro, sino con una mirada. Antes de abrir los ojos del hombre, Jesús ya había hecho algo igualmente significativo: lo había visto.

🔥 Cuando las preguntas religiosas ocultan a la persona

La pregunta de los discípulos no carecía por completo de sentido. Intentaban comprender la relación entre el pecado y el sufrimiento, y la Biblia no oculta que el pecado trajo sufrimiento al mundo. El problema estaba más bien en que una verdad teológica se había convertido en un juicio apresurado sobre una persona concreta.

Ellos querían saber quién era culpable. Jesús quería ayudar.

Aquí hay una seria lección espiritual. Es posible hablar acerca de Dios y, al mismo tiempo, pasar por alto a la persona que está justo delante de nosotros. Podemos utilizar conceptos correctos, discutir cuestiones religiosas e incluso buscar explicaciones bíblicas, mientras el corazón de quien sufre permanece ignorado.

Jesús rechazó esta actitud. No negó la realidad del pecado, pero tampoco convirtió el sufrimiento de aquel hombre en una ocasión para especular acerca de su culpa. En cambio, dirigió la mirada hacia la acción de Dios. La pregunta decisiva ya no era: «¿Por qué ha llegado esta persona a estar así?», sino: «¿Qué quiere hacer Dios ahora?».

Este cambio de perspectiva también es importante para nuestra propia vida. Hay situaciones cuyas causas quizá nunca comprenderemos por completo. Algunas preguntas acerca del porqué permanecen abiertas incluso después de haber reflexionado mucho sobre ellas. Jesús no promete una explicación inmediata para todo sufrimiento. Pero muestra que un pasado sin respuesta no limita las posibilidades de Dios para el futuro.

El ciego de nacimiento no podía cambiar su pasado. No podía regresar atrás y nacer con ojos sanos. Pero Jesús estaba ahora delante de él. Y de repente ya no era decisivo lo que había sido imposible durante los años anteriores, sino lo que podía hacerse posible en ese momento gracias a la presencia de Cristo.

🌙 La ceguera de quienes ven

Cuanto más avanza Juan 9, más claramente aparece una sorprendente inversión. Al comienzo de la historia hay un hombre físicamente ciego rodeado de personas que pueden ver. Al final, aquel hombre no solo ve con sus ojos, sino que reconoce cada vez mejor quién es Jesús, mientras que personas con ojos perfectamente sanos están cada vez menos dispuestas a reconocer la verdad.

Así, la curación física se convierte en una imagen de una realidad espiritual más profunda. Existe una ceguera que no comienza en los ojos, sino en el corazón. Una persona puede ver y, sin embargo, pasar por alto la obra de Dios. Puede conocer las Escrituras y aun así llegar a ser incapaz de reconocer la acción de Dios cuando esta no coincide con sus propias expectativas. Puede poseer convicciones religiosas y, sin embargo, dejar de mirar con misericordia a la persona que tiene delante.

Precisamente los dirigentes religiosos se convierten después en un ejemplo de ello. Investigarán el milagro, interrogarán al hombre sanado, preguntarán a sus padres y buscarán razones para rechazar a Jesús. Lo extraordinario estará delante de ellos: un hombre que había sido ciego de nacimiento puede ver. Pero en lugar de alegrarse por ello, estarán cada vez más decididos a rechazar la luz.

Por eso, la historia no plantea solamente la pregunta de si podemos ver físicamente. Plantea una pregunta mucho más incómoda: ¿Qué ocurre cuando Dios actúa de una manera distinta de la que esperábamos? ¿Estamos dispuestos a permitir que Él corrija nuestra manera de pensar o vemos solamente aquello que encaja con nuestra imagen anterior?

La ceguera espiritual muchas veces no comienza cuando una persona no sabe nada acerca de Dios. Puede surgir precisamente allí donde creemos que ya vemos todo lo esencial y, por eso, ya no estamos dispuestos a mirar nuevamente.

🌿 Jesús actúa

Después de rechazar la falsa conexión entre la ceguera del hombre y una culpa personal concreta, Jesús no se quedó únicamente en palabras. Escupió en tierra, hizo barro con la saliva, lo puso sobre los ojos del hombre y le dijo: «Ve al estanque de Siloé —que significa enviado— y lávate» (Juan 9:6–7).

Para el ciego, esta instrucción debió de sonar extraña. Nunca había visto a Jesús y tampoco podía observar ahora lo que Él estaba haciendo. No tenía ninguna garantía visible de que algo fuera a cambiar. Solo había escuchado las palabras de un hombre que había hablado de él de manera diferente a los demás y que ahora le pedía recorrer un camino concreto.

Juan continúa relatando con notable sencillez: «Entonces fue, se lavó y regresó viendo».

Entre estas dos frases hay un camino de confianza. El hombre tuvo que ponerse en marcha mientras todavía estaba ciego. Cada paso hacia el estanque se dio antes de que el resultado fuera visible. No obedeció porque ya pudiera ver, sino porque confió lo suficiente en la palabra de Jesús como para ponerse en camino.

Precisamente aquí encontramos un elemento esencial de la fe. Muchas veces deseamos primero tener certeza y después actuar. Queremos ver que el camino funciona antes de recorrerlo. Pero en el encuentro con Cristo el orden muchas veces es al revés. Su palabra nos llama a confiar, y algunas cosas solo se hacen visibles mientras avanzamos.

El hombre fue ciego al estanque.

Pero regresó viendo.

Con ello comenzó la segunda parte, y quizá aún más profunda, de su encuentro con Jesús. Porque Cristo no quería darle solamente la vista. Quería conducirlo de la oscuridad a la luz, de la experiencia de un milagro al reconocimiento del Salvador y, finalmente, a una fe personal.

Y precisamente este camino mostrará que una persona puede tener los ojos abiertos y, sin embargo, permanecer ciega, mientras que un hombre que durante toda su vida no había visto nada terminaría viendo con mayor claridad que muchos de aquellos que se consideraban a sí mismos videntes.

🕊️ Una historia – cuando el que veía se convirtió en testigo

El hombre regresó del estanque de Siloé y podía ver. Con una sola frase, el Evangelio de Juan describe algo que transformó por completo toda su vida anterior. Por primera vez podía no solo escuchar las calles de Jerusalén, sino también verlas. Rostros, casas, árboles, cielo, luz y sombra eran de repente una realidad para él. Personas cuyas voces conocía desde hacía años adquirieron ahora un rostro. El mundo que hasta entonces solo había podido tocar y escuchar se abrió ante sus ojos.

Sin embargo, sorprendentemente Juan casi no describe la alegría de ese momento. En lugar de ello, nos lleva inmediatamente a las reacciones de las personas. Los vecinos y quienes antes habían visto al hombre mendigando ni siquiera estaban seguros de que fuera realmente el mismo. Algunos decían: «Es él»; otros: «No, pero se parece a él». Finalmente el hombre sanado tuvo que declarar él mismo: «Yo soy» (Juan 9:9).

Así comenzó una serie de interrogatorios que mostró cada vez con mayor claridad que este milagro no solo había abierto los ojos de un hombre, sino que también revelaba lo que había en el corazón de los demás. La gente quería saber cómo había ocurrido, y el hombre relató sencillamente lo que sabía: Jesús había hecho barro, lo había puesto sobre sus ojos y lo había enviado al estanque de Siloé. Él había ido, se había lavado y desde entonces podía ver.

Al principio no podía decir mucho más. Cuando le preguntaron dónde estaba Jesús, respondió: «No lo sé». Había experimentado el milagro, pero aún no había conocido verdaderamente a Aquel que lo había realizado. Precisamente esto es algo muy hermoso en esta historia: su comprensión va creciendo paso a paso. Jesús no exige que desde el principio ya entienda todo. El hombre comienza con aquello que ha experimentado y, a medida que avanzan los acontecimientos, llegará a reconocer cada vez con mayor claridad quién es Cristo.

🔥 Un milagro en sábado

Entonces Juan menciona un detalle que será decisivo para lo que sigue: Jesús había sanado al hombre en sábado. Precisamente esta circunstancia transformó la alegría por el milagro en un conflicto religioso. El hombre sanado fue llevado ante los fariseos, y ellos también quisieron saber cómo había llegado a ver.

El hombre volvió a contar lo ocurrido. Pero en lugar de reconocer en su curación una señal del poder divino, algunos fariseos se concentraron en el hecho de que Jesús había hecho barro en sábado y, según su interpretación, había quebrantado las normas sabáticas. Algunos dijeron entonces: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado». Otros, sin embargo, preguntaban: «¿Cómo puede un hombre pecador hacer tales señales?» (Juan 9:16).

En medio de aquella discusión estaba un hombre que por la mañana todavía había sido ciego y que ahora podía ver.

El milagro era imposible de ignorar, pero la opinión preconcebida era más fuerte que la alegría. En lugar de preguntarse qué había hecho Dios, intentaban encajar lo sucedido dentro de su esquema religioso ya establecido. Como Jesús no actuaba de la manera en que ellos esperaban, incluso una obra evidente de sanidad quedó bajo sospecha.

Aquí se manifiesta la ceguera espiritual que Jesús señalará más adelante abiertamente. No era falta de información lo que impedía ver a aquellos hombres. La señal estaba justo delante de ellos. El problema era que no estaban dispuestos a permitir que su idea de Dios fuera corregida por la manera real en que Dios estaba actuando.

Ellen G. White destaca precisamente este contraste en su descripción de la curación del ciego de nacimiento: Cristo había mostrado, mediante una obra de misericordia, el verdadero sentido del sábado, mientras que sus adversarios habían cargado el día santo con tantas normas humanas que veían en una curación más una transgresión de reglas que una obra de Dios. Para Jesús, el sábado nunca estaba en contradicción con la misericordia y la restauración. Precisamente en ese día debía hacerse visible la manera en que Dios se acerca al ser humano.
(Cf. Ellen G. White, El Deseado de Todas las Gentes, sección sobre la curación del ciego de nacimiento y los conflictos de Jesús acerca del sábado.)

🌿 «Una cosa sé»

Los fariseos continuaron interrogando al hombre. Querían saber qué pensaba él mismo acerca de Jesús. Su respuesta mostró que su comprensión ya había crecido: «Es profeta» (Juan 9:17).

Esto no les bastó. Ahora incluso dudaron de que hubiera sido realmente ciego de nacimiento y llamaron a sus padres. Ellos confirmaron que era su hijo y que había nacido ciego. Pero cuando les preguntaron cómo podía ver ahora, evitaron responder. Juan explica que tenían miedo de los dirigentes religiosos, porque ya se había decidido expulsar de la sinagoga a cualquiera que confesara a Jesús como el Cristo.

Así, el hombre sanado quedó cada vez más solo. Sus padres no querían defenderlo, los dirigentes religiosos lo presionaban y el hecho de su curación se convirtió en objeto de un conflicto que él nunca había buscado.

Finalmente lo llamaron de nuevo y le exigieron que diera gloria a Dios, porque ellos afirmaban saber que Jesús era un pecador.

Entonces él respondió con una frase que pertenece a los testimonios personales más impresionantes del Evangelio de Juan:

«Si es pecador, no lo sé; una cosa sé: que yo era ciego y ahora veo».
(Juan 9:25)

No intentó responder a todas las cuestiones teológicas. No afirmó saber más de lo que realmente sabía. Pero había algo que nadie podía quitarle: su propia experiencia.

Por la mañana no podía ver.

Ahora podía ver.

Las personas podían discutir acerca de cómo debía entenderse a Jesús. Podían cuestionar su autoridad o intentar reinterpretar el milagro. Pero no podían borrar la realidad de una vida transformada.

Aquí encontramos una lección permanente para la fe. Un cristiano no tiene que poseer inmediatamente una respuesta para cada pregunta. Habrá situaciones en las que nuestro conocimiento sea limitado y algunas cosas solo las comprenderemos más adelante. Pero podemos hablar con sinceridad de lo que Cristo ha hecho en nuestra vida. El testimonio personal no sustituye la verdad de las Escrituras, pero muestra que esa verdad puede realmente tocar y transformar una vida.

🌙 El precio de una confesión clara

Cuanto más se prolongaba la conversación, más valiente se volvía el hombre. Los fariseos volvieron a preguntarle qué había hecho Jesús, y finalmente él señaló la contradicción de su actitud. Querían escuchar una y otra vez cómo se había producido el milagro, pero al mismo tiempo estaban decididos a rechazar a Aquel que lo había realizado.

El que antes era ciego comenzó ahora a formular sus propias preguntas. En esencia les dijo que era realmente sorprendente: ellos afirmaban no saber de dónde venía Jesús, aunque Él le había abierto los ojos. Dios no escucha al hombre que vive conscientemente contra Él, sino a quien lo honra y hace su voluntad. Desde el principio del mundo jamás se había oído que alguien abriera los ojos a un ciego de nacimiento. Si aquel hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada (cf. Juan 9:30–33).

El hombre que al principio solo podía decir: «Un hombre que se llama Jesús», confesó más tarde: «Es profeta», y ahora defendía públicamente la convicción de que Jesús tenía que venir de Dios. Mientras los dirigentes religiosos, a pesar de su conocimiento, querían ver cada vez menos, el que antes era ciego veía cada vez más claramente con cada paso, no solo físicamente, sino también espiritualmente.

Sin embargo, su franqueza tuvo un precio. Los dirigentes lo insultaron y lo expulsaron.

El hombre había recibido la vista, pero de repente perdió posiblemente una parte importante de su pertenencia social y religiosa. Su encuentro con Jesús no había hecho simplemente que su vida fuera más cómoda. La luz que había recibido también lo condujo a una decisión.

Pero precisamente allí donde los hombres lo expulsaron comienza una de las partes más conmovedoras de toda la historia.

❤️ Jesús lo busca por segunda vez

Juan escribe:

«Oyó Jesús que lo habían expulsado; y hallándolo, le dijo: ¿Crees tú en el Hijo del Hombre?»
(Juan 9:35)

Estas pocas palabras merecen atención: Jesús lo encontró.

Al comienzo de la historia, Jesús había visto al ciego aunque él no podía verlo. Ahora, después de que el hombre había sido expulsado a causa de su testimonio, Jesús volvió a buscarlo.

Cristo no le había dado simplemente la vista para luego dejarlo solo. Sabía lo que aquella curación había provocado. Sabía del interrogatorio, de la presión y del rechazo. Y volvió a acercarse a él.

El hombre preguntó: «¿Quién es, Señor, para que crea en Él?». Jesús respondió: «Pues le has visto, y el que habla contigo, Él es» (Juan 9:36–37).

Qué profundamente debieron sonar estas palabras para un hombre que había sido ciego durante toda su vida:

«Lo has visto».

El rostro de Jesús pertenecía ahora a los rostros que aquel hombre podía contemplar. Pero Cristo quería llevarlo todavía más lejos. No se trataba solamente de percibir a Jesús con los ojos. Debía reconocer quién estaba delante de él.

Entonces el hombre respondió:

«Señor, creo».

Y lo adoró.

Aquí queda completada la curación. No en el estanque de Siloé, sino aquí.

En el estanque se abrieron sus ojos.

Ahora se abrió su corazón.

El regalo más grande de esta historia no fue que un ciego pudiera contemplar el mundo. El regalo más grande fue que un ser humano reconociera a Cristo.


🌾 El sábado – un día en el que Cristo nos enseña a ver de nuevo

Que Jesús sanara al ciego de nacimiento precisamente en sábado no es un detalle secundario de esta historia. El conflicto que surgió después muestra más bien cuán diferentes pueden ser las maneras de entender el sábado. Para los adversarios de Jesús, el sábado se había convertido cada vez más en un sistema que debía protegerse mediante numerosas normas humanas. Para Jesús, el sábado seguía siendo lo que Dios había creado desde el principio: un espacio santo de comunión con Dios, liberación, misericordia y restauración del ser humano.

El hombre sanado se convirtió aquel sábado en un testimonio viviente de que el reposo de Dios no significa indiferencia ante el sufrimiento humano. Dios no descansa de su amor. El Creador que al principio habló luz en medio de la oscuridad se encontró aquel sábado con un hombre que nunca había visto la luz y abrió sus ojos. Por eso la curación no era algo menos apropiado para el sábado, sino que revelaba algo de su significado más profundo.

También para nosotros el sábado puede convertirse en un día en el que Cristo abra nuevamente nuestros ojos. Durante la semana vemos muchas cosas solo de pasada. Tareas, citas, noticias, preocupaciones y obligaciones reclaman nuestra atención. Funcionamos, reaccionamos y planificamos, y a veces apenas nos damos cuenta de lo estrecha que se ha vuelto nuestra mirada. Vemos principalmente aquello que es urgente y perdemos de vista lo que realmente es importante.

Entonces llega el sábado e interrumpe ese ritmo. Dios nos regala tiempo en el que no tenemos que producir, alcanzar metas ni demostrar nada constantemente. Este descanso crea espacio para otra manera de mirar. Podemos volver la vista atrás y descubrir dónde Dios nos sostuvo durante la semana que ha pasado. Podemos volver a percibir conscientemente a personas que en la vida cotidiana se han convertido casi en algo obvio. Podemos leer las Escrituras sin estar pensando ya en la siguiente tarea, y podemos permitir que Dios también haga visibles nuestros propios puntos ciegos.

Quizá a veces somos como los discípulos al comienzo de la historia. Vemos a una persona, pero nuestros pensamientos se ocupan primero de explicaciones y juicios. El sábado puede enseñarnos a mirar más despacio y preguntar: ¿Cómo ve Jesús a esta persona? Tal vez alguien esté cerca de nosotros y no conozcamos su lucha. Tal vez hace tiempo hemos reducido a alguien a un error, una característica o un episodio de su pasado. Cristo quiere corregir nuestra mirada para que no veamos solamente problemas, sino personas.

Quizá en otros sábados nos parezcamos más a los dirigentes religiosos. Conocemos el significado del sábado, respetamos su santidad y queremos ser fieles a Dios; precisamente por eso debemos permitir que esta historia nos pregunte si nuestra comprensión del sábado refleja también el corazón de Jesús. Un sábado que nos separa del trabajo, pero no nos hace más misericordiosos, todavía no ha alcanzado plenamente su propósito. Si después del sábado seguimos juzgando a las mismas personas con la misma dureza, ignorando la misma necesidad y llevando con nosotros la misma justicia propia, también nuestros ojos espirituales necesitan sanidad.

Jesús muestra en Juan 9 que la santificación del sábado y la misericordia no son opuestas. Precisamente porque el sábado pertenece a Dios, también pertenece a esos tiempos especiales en los que debe hacerse visible el carácter sanador de Dios. Da espacio para visitar a una persona sola, para una conversación de reconciliación, para escuchar atentamente, para orar juntos, para consolar y para estar simplemente dispuestos a percibir realmente a otro ser humano.

Pero quizá nosotros mismos seamos también el ciego de nacimiento. Entonces el mensaje de este sábado no consiste primero en que debemos ver mejor, sino en que somos vistos. Antes de que conozcamos plenamente a Dios, Él ya nos conoce. Antes de que encontremos palabras para expresar nuestra necesidad, Cristo ya la conoce. Antes de que sepamos cuál debe ser nuestro siguiente paso, su mirada ya está puesta sobre nosotros.

El ciego de nacimiento no tuvo que comenzar a ver para que Jesús lo viera.

Lo mismo vale para nosotros.

Por eso podemos quedar en silencio delante de Cristo durante el sábado y orar: «Señor, muéstrame lo que todavía no veo». Quizá Él no responda todas nuestras preguntas. Quizá no cambie inmediatamente cada situación difícil. Pero puede transformar nuestra mirada. Y a veces precisamente eso es el comienzo de una transformación mucho más profunda.

Semana tras semana, el sábado nos invita a salir de la oscuridad de nuestra visión limitada y entrar en la luz de la presencia de Dios. Nos recuerda al Creador que puede crear luz donde antes había oscuridad y a Cristo, que no pasa de largo junto a nosotros. Así, cada sábado puede convertirse en una pequeña repetición de este encuentro: Jesús nos ve, nos habla, nos guía y abre nuestros ojos paso a paso.


🤲 Invitación

Tómate conscientemente tiempo en este sábado para hacerle a Cristo una pregunta sencilla: «Señor, ¿qué es lo que todavía no veo?» Tal vez quieras reconocer nuevamente su obra en tu propia vida, mirar a una persona con otros ojos o dejar atrás una actitud que ha estrechado tu manera de mirar.

No le pidas solamente que cambie las cosas a tu alrededor. Pídele también que transforme tu manera de ver. El hombre de Juan 9 regresó del estanque viendo, pero su comprensión más profunda creció solamente durante el camino posterior. También con nosotros Cristo puede avanzar pacientemente paso a paso hasta que de una primera comprensión surja una confesión personal: «Señor, creo».


Oración

Señor Jesús, Tú no pasaste de largo junto al hombre ciego, sino que lo viste antes de que él pudiera verte. También a mí me conoces completamente. Ves lo que me preocupa, lo que no comprendo y lo que a veces oscurece mi mirada. Por eso te pido en este sábado: abre mis ojos a tu presencia y enséñame a contemplar mi vida y a las personas que me rodean con tu mirada.

Guárdame de juzgar apresuradamente allí donde Tú quieres actuar con misericordia. Muéstrame mis puntos ciegos espirituales y dame un corazón dispuesto a ser corregido por Ti. Haz que el sábado no sea para mí solamente una interrupción del trabajo, sino un verdadero encuentro contigo, en el que mi pensamiento se aquiete, mi mirada se vuelva más clara y mi corazón sea más receptivo a tu voz.

Y cuando no comprenda el camino por el que me estás conduciendo, concédeme la confianza de aquel hombre que se puso en marcha obedeciendo tu palabra aunque todavía no podía ver nada. Guíame paso a paso desde mi visión limitada hacia tu luz, hasta que también mi corazón te reconozca cada vez con mayor claridad y pueda decir con profunda convicción: Señor, creo.

Amén.